Enfermar –y también sanar– a través de las emociones

Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl - Académico, Escritor e Investigador (UACh)

“Cuanto más abiertos estemos a nuestros propios sentimientos, tanto mejor podremos leer –y entender– las emociones de los demás” (Dr. Daniel Goleman, psicólogo estadounidense).

Reconocidos estudiosos del ámbito científico y espiritual como el Dr. Daniel Goleman, el Dalai Lama (líder espiritual del budismo tibetano), la terapeuta Jane Crossley, el inmunólogo Fernando Morgado y muchos otros investigadores, destacan el poder destructivo que pueden tener ciertas emociones que agobian a los seres humanos y que pueden afectar severamente la salud de las personas.

Partamos señalando, que en el ámbito de la psicología se hace una diferencia entre: (a) una “emoción”, como un evento desestructurador y que representa una experiencia de corta duración en la vida de las personas, tales como la ira y la rabia, y (b) los sentimientos, como un estado afectivo de más larga duración, tal como el amor, que puede permanecer y ser experimentado durante mucho tiempo en la conciencia de las personas.

En este sentido, tanto el Dr. Daniel Goleman como así también la Dra. Graciela Moreschi nos hacen notar que las “emociones destructivas” son aquellas que, por ejemplo: (a) nos paralizan –como el miedo y el temor–, o bien, aquellas que (b) arruinan y echan a perder los vínculos y relaciones interpersonales –tales como la ira, el rencor, el odio o la envidia–, y finalmente, (c) aquellas que nos impiden disfrutar de la vida en forma plena, tales como la ansiedad, la angustia y la depresión, y que pueden arruinar la salud.

Es así, por ejemplo, que la expresión química (o biológica) de sentimientos y emociones como el rencor, la rabia, la ansiedad o la pena, son moléculas que se producen en la sangre y que circulan por el cuerpo, por lo tanto, si la persona está llena de rencor, tanto el hipotálamo como el sistema nervioso del sujeto rencoroso se mantienen activados, produciendo sustancias que a su vez, activan las fibras musculares del corazón, condición que puede conducir a taquicardias, trombosis e infarto al miocardio.

La Dra. Moreschi agrega que las emociones son el resultado final de los pensamientos que invaden a las personas y que éstos estarían siendo “filtrados” por las creencias del sujeto y por cómo las interpreta, por lo tanto, si un individuo piensa que él es una “persona con mala suerte”, entonces, dicha persona comenzará a considerar todos aquellos hechos y sucesos que confirmen tal apreciación y tendrá pensamientos negativos tales como: “¡Todo me sale mal!”, “¡Nunca me ocurre nada bueno!”, etc., lo que, finalmente, conduce al sujeto a experimentar de manera continua, emociones también de carácter negativo.

Jane Crossley y Fernando Morgado, por su parte, desde hace muchos años que vienen poniendo sobre el tapete de la discusión una frase que hizo repensar el tema de cómo nos afectan las emociones. Ellos destacaron, que nos encontramos frente a una “sociedad emocionalmente enferma”, advirtiendo, que hoy en día, son muy pocas las personas que se dan el tiempo para reconocer y analizar con detención sus propias emociones y sentimientos, una práctica que resulta ser clave a la hora de mantenerse saludables y libre de enfermedades.

Es así, que algunas de las emociones que no hemos logrado resolver como sociedad, son el “rencor”, la “envidia” y el “odio”, ya que estos estados emocionales implican tener que convivir, día tras día, con heridas dolorosas del pasado y del presente, siendo sentimientos tan inútiles como dañinos, por cuanto, al vivir odiando a una determinada persona, aquél que experimenta este “odio” se está haciendo más daño a sí mismo que al objeto de su rencor o de su odio, ya que el “sujeto odiado”, demasiado a menudo (para desgracia del que odia), ni siquiera sabe –o se entera– de lo que el otro siente y, a la larga, lo que se produce en la persona que odia, es la real posibilidad, de que su sistema inmunológico bombardeado por estas emociones destructivas, termine severamente dañado, exponiéndose a diversas enfermedades de carácter grave, impidiéndole al mismo tiempo, disfrutar y vivir una vida plena y satisfactoria. A lo anterior se suma otro factor importante: el tema de las “culpas”, es decir, quién es, en definitiva, el responsable último –o el “culpable”– de este odio parido y de ese rencor acumulado en contra del otro.

Si lo anterior lo queremos plantear en términos figurados, podríamos hablar de los muchos “fantasmas colectivos” de carácter emocional –odio, rencor, rabia, frustración, etc.– que afectan y enferman a la sociedad, y que podrían explicar los altos niveles de depresión, ansiedad y trastornos de salud mental que arrojan los indicadores de diversos estudios internacionales relativos a nuestra sociedad del siglo XXI. En este sentido, si queremos aprender a superar nuestros traumas emocionales, uno de los principios terapéuticos con los que se trabaja, lo señala claramente: “Emociones expresadas, emociones superadas”. Por el contrario, cuando una emoción no se expresa y el sujeto queda “atragantado” con ella, el cuerpo sufre, duele y se rebela.

De ahí también que se haya planteado la necesidad de comenzar a trabajar con las emociones desde muy temprano, señalándose, que sería altamente beneficioso para esta sociedad enferma, diseñar e implementar un plan de educación emocional desde la escuela básica, de manera tal, de comenzar a enseñar a nuestros niños desde muy pequeños a trabajar de manera activa algunos de estos “fantasmas” que cruzan transversalmente a toda la sociedad: la ansiedad, la ira, la rabia, el odio, la envidia, el rencor, la frustración, la intolerancia, etc. Muy bien lo señalaba Aristóteles, filósofo y pensador griego del Siglo III antes de Cristo, al consignar en uno de sus escritos que “Educar la mente sin educar el corazón, no era educar en absoluto”.

Es más. Ciertas culturales orientales enseñan hoy en día a sus integrantes a ser capaces de desprenderse de lo material, dando por sentado que “todo es pasajero” y que nada de aquello que logre el sujeto –en términos de bienes materiales– se lo podrá “llevar consigo” al otro mundo –sea cual sea la naturaleza de ese mundo–, en función de lo cual, se les enseña a desarrollar la actitud del desapego –algo muy difícil de lograr en la cultura occidental–, siendo el Dalai Lama, uno de sus principales exponentes del amor al desapego.

Una pregunta que surge habitualmente en la consulta del especialista, es la siguiente: “¿Cómo se puede controlar algo que parece inmanejable?”. La respuesta es una sola: lo primero, es preguntándonos a nosotros mismos… ¿Por qué razón estamos sintiendo esto? La autoconciencia, es, precisamente, aquello que nos distingue como seres humanos. Si no somos capaces de reflexionar sobre nuestras propias emociones, no existe posibilidad alguna de poder encauzarlas.

Y… ¿CÓMO SE PUEDEN MANEJAR ALGUNAS DE LAS EMOCIONES Y SENTIMIENTOS MÁS PELIGROSOS?

De acuerdo con uno de los modelos de manejo de emociones y sentimientos que se han propuesto –y sin que nadie haya dicho que el proceso de curación sea “fácil”–, el RENCOR se resuelve, al aceptar y perdonar, a través de la comprensión consciente del hecho y de sujeto que nos hirió e hizo mal. Cuesta mucho esfuerzo hacerlo, pero se puede lograr.

En relación con la RABIA (o IRA) la persona debe preguntarse ¿por qué razón y contra qué o quién estoy sintiendo rabia o ira? El objetivo de esta pregunta, es que el sujeto intente identificar la fuente del problema, buscando solucionar cuanto antes la situación o condición que la genera. En relación con el SENTIMIENTO DE CULPA, la forma de enfrentarlo, es a través de reemplazar la culpa por la “responsabilidad personal”, es decir, hacerse cargo del error y reconocerlo, con un solo objetivo in mente: enmendar el mal causado a la otra persona y pedir perdón, algo que a muchos de nosotros nos cuesta un mundo.

Uno de los trastornos del estado de ánimo más complicado que pueden experimentar las personas, es la DEPRESIÓN: es posible superar este severo trastorno del ánimo, estimulando aquellas “fuerzas internas” que disponemos –tras una pérdida dolorosa, un grave fracaso o un serio incidente–, pero que pocos de nosotros utilizamos, con una sola finalidad: ser capaces de fijar nuevas metas, objetivos y desafíos que nos permitan superar la problemática que nos afectó.

Recordemos, que los “fantasmas emocionales”, son aquellas emociones, que una vez cumplida su “misión” de remecernos un poco y de marcharse, quedan retenidas con nosotros, se nos “pegan” y ya no nos dan paz, atormentándonos por el resto de nuestras vidas, lo cual, en el largo plazo, ataca y debilita a nuestro sistema inmune y nos hace vulnerables a diversas enfermedades, de acuerdo con cuál sea la parte más sensible de nuestro organismo: la piel, la cara, nuestros órganos internos, nuestro sistema nervioso, etc.

Consignemos, además, que así como hay emociones destructivas, también hay emociones y sentimientos que actúan en favor de la salud, tales como la esperanza de que la persona va a sanar, las alegrías que recibimos en nuestro día a día, las satisfacciones que alcanzamos en el entorno de nuestra familia o en el trabajo, ya que las endorfinas que se liberan cuando lo pasamos bien y nos sentimos contentos, elevan significativamente las defensas de nuestro sistema inmune.

Digamos, finalmente, que si bien –tal como señalaba Jorge Bucay, terapeuta y escritor argentino– “No somos responsables de nuestras emociones, sí somos responsables de lo que hacemos con ellas”.



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