La Agricultura del Sur de Chile y los 40 años de negación de la Realidad

La cruda realidad dice que, sólo considerando los últimos 20 años, la masa ganadera ha caído desde 4,1 millones a alrededor de 2,4… es decir, los agricultores se han terminado comiendo ya la mitad de las vacas que le mandó a servirse Costabal.

La sicología define la negación de la realidad como un mecanismo de defensa que los individuos utilizamos ante amenazas de origen interno o externo, para evadir aspectos dolorosos, lo que puede llegar a transformarse en una alteración mental denominada “negación psicótica”, término que se emplea cuando hay una total afectación de la capacidad para captar la realidad.

Chile representa hoy el 0,4% de la producción mundial de carnes rojas y poco menos del 0,3% de leche. Es decir, es poco gravitante en el mercado internacional –cada vez lo es menos- y si su oferta desapareciera a nadie le importaría, por más que creamos –yo también lo creo- que sería una pérdida para los consumidores, algo que claramente ellos aún no saben.

La realidad dice también que desde que el país abrió sus fronteras, los alimentos se han hecho más asequibles a la población, lo que permitió dejar atrás la desnutrición y mejoró sustantivamente la esperanza de vida. ¿Qué significa esto? Simplemente que para el país es más importante el valor al que las personas pueden adquirir alimentos y no lo que se paga a quien lo produce. El ejemplo más claro al respecto, es lo que ocurría cuando Chile era más dependiente del trigo nacional para abastecer a la industria panificadora y cada vez que subía su precio se transformaba en una muy mala noticia para la población. Eso es más importante para la mayoría de la gente que el esfuerzo y los costos en que incurre el agricultor para producir granos.

Desde hace al menos dos décadas, el sector lechero, y en menor medida el cárnico, han buscado sin éxito estrategias para “sensibilizar” a los chilenos respecto del duro momento por el que atraviesan ambos sectores. Se preguntan por qué no se genera adhesión suficiente y se reclama por la “indolencia” de los gobiernos. Sin embargo, la verdad es que mientras las carnes rojas como la leche sigan siendo asequibles a los chilenos, unido al hecho de que nuestro principal activo como país es que las fronteras estén abiertas a las exportaciones, ello lamntablemente no va a cambiar.

Hace ya 17 años, el periodista osornino John Müller escribió una columna llamada “Cuando los agricultores pierden la razón”. Sus palabras causaron escozor y rechazo en todos ellos: no hay mejor ejemplo de la negación de la realidad que aquella sobrerreacción a una mirada objetiva de hechos, muy similar a lo ocurrido hace ya ¡40 años!, cuando Martín Costabal Llona, desde su cargo de director de Presupuestos del Ministerio de Hacienda –lo desempeñó entre los años 1981 y 1984, antes de ser ministro de Hacienda del general Augusto Pinochet- los mandó a “comerse las vacas”.

La cruda realidad dice que, sólo considerando los últimos 20 años, la masa ganadera ha caído desde 4,1 millones a alrededor de 2,4… es decir, los agricultores se han terminado comiendo ya la mitad de las vacas que les mandó a servirse Costabal. ¿Ha sufrido con ello el país en su conjunto? Para nada, porque, como veíamos, los chilenos han mejorado su acceso a los alimentos y, por otro lado, se ha hecho fuerte en otros rubros agroalimentarios donde sí somos actores relevantes a nivel. Tampoco se ha resentido la oferta laboral y el ingreso per cápita sigue creciendo. ¿Pueden llegar a afectarse? Esa es una hipótesis no demostrada hasta el momento...

Estoy seguro de que las empresas procesadoras de carne y leche que no están cuidando a sus productores, tratándolos como socios, no viendo la oportunidad de largo plazo y sólo resguardando la rentabilidad del corto plazo, se van a arrepentir, pero ese es tema de ellos y, la verdad, es que tratar de intervenir en los factores que no dependen de quien quiere solucionar su propio problema, es siempre la peor estrategia. La declaración del problema, el diagnóstico y el apuntar las responsabilidades de otros, por mucho que la tengan, pero sin accionar sobre aquellos ámbitos que sí dependen de los agricultores, no ha servido ni servirá.

Buscar soluciones desde la diferenciación de productos (carne y leche en base a pasto sin anabólicos, por ejemplo), es sin duda una oportunidad, pero para transformar esa potencialidad en algo concreto, se requiere trabajo entre los privados interesados en su negocio, a partir de objetivos comunes que no se pueden consensuar si se está en todo momento acusando y esperando que un tercero, en este caso el Estado, arregle la relación entre privados. Las empresas procesadoras debieran ser las primera interesadas, pero sí no lo han sido en estos años desde un ambiente de confrontación, se debe probar, por el bien de la ganadería en general, algo distinto.

Esta semana se llevó a cabo en La Moneda una reunión entre parlamentarios y dirigentes gremiales con el ministro Secretario General de la Presidencia. Entre otras cosas, se le habló de un proyecto de acuerdo que lleva por nombre “Solicita al Presidente de la República analizar la implementación de programas y medidas permanentes para la protección del sector lechero”. Yo no dudo de la pertinencia de mucho de lo que ahí se plantea, pero viniendo de diputados de centroderecha, cuesta entender que se espere que una iniciativa que lleva en su título el término “protección del sector…”, pueda ver la luz en un Gobierno que tiene la mirada puesta en la reactivación económica, que cree en el mercado y apuesta por los sectores agroexportadores.

A nivel mundial, la agricultura, la pesca y la minería son tres sectores que se han visto sometidos a importantes tensiones por la economía moderna. La globalización ha permitido descubrir regiones que antes no estaban en los mapas y que ahora tienen acceso a los mercados mundiales con productos en los que gozan de ventajas comparativas que los demás realmente no tenían o han perdido.

Fue en ese contexto que surgieron antiglobalizadores, como el famoso José Bové, líder de los agricultores franceses que, a pesar de haber incendiado restaurantes McDonald’s y soltado chanchos por las calles de Bruselas, sólo logró paliativos temporales a sus demandas.

Hoy, los antiglobalizadores han tomado fuerza a nivel mundial, no obstante, surgen dudas razonables de qué tanto la defensa de los intereses particulares puestos por sobre el colectivo, le están haciendo bien al mundo, a través de esta antes impensada convergencia entre los anticapitalistas de izquierda y los agricultores de derecha que piden protección a sectores específicos e incluso de manera violenta, como ocurrió con aquella recordada toma de Loncoleche del año 2002 que, al igual que lo ocurrido con Bové en Francia, no generó cambios de largo plazo.

La cruda realidad, es que no se puede ser libertario a medio tiempo y si se quiere ser -lo que es legítimo- se debe reconocer abiertamente que se está más cercano a la socialdemocracia. Con todo lo que ello implica.

Hoy, es altamente probable que el sector lechero logre las anheladas salvaguardias provisorias a las importaciones por 180 días, lo que dará un respiro. Pero sea que sí o que no, ello no cambiará el fondo del asunto, como lo demuestra el devenir de los últimos 20 años donde los gremios se han dado de cabeza contra la pared de la industria, sin darse cuenta que en su fracasada estrategia de lucha, en gran medida por la falta de visión de largo plazo de la contraparte, han perdido miles de “soldados” que, o han vendido su tierra o la han arrendado o se han reconvertido a otros rubros, una palabra que, cuando se pronuncia, es recibida por algunos como un escupo en la cara tras varias generaciones de orgullo lechero.

La manera de encarar el desafío de la globalización tiene dos extremos. La fórmula garantista de Europa Occidental, basada en suavizar el impacto de las reformas mediante ayudas, becas, subsidios y formación, con el propósito de transformar a los antiguos campesinos, mineros o pescadores en obreros, profesionales o jubilados. El esfuerzo lo soporta la sociedad en su conjunto, a través de los impuestos. Como lo demuestra el caso español, sin embargo, aquello fue una estrategia que sólo llevó a la degradación del país.

Por otro lado, los más radicales defensores del mercado hablan de reconversión como la única salida, pero es cierto: esta no puede ser a rajatabla, porque ello trae consecuencias dolorosas como la vivida por Lota en el siglo pasado, cuando su carbón dejó de ser competitivo. El justo medio está en la búsqueda de soluciones dentro del mercado, asumiendo las particularidades de cada sector y eso también es posible de lograr con diálogo.

Se debe entender, nos guste o no, que las plantas procesadoras de carne o leche llevan a cabo un negocio como cualquier otro, aún cuando deberían mirarlo distinto, pero ese es su problema: buscan comprar lo más barato posible para vender más caro. ¿Es ilícito? No, si se cree en el mercado. De hecho, los propios agricultores lo practican al ir a la feria y comprar terneros lo más baratos posible a costa del que lo llevó hasta allá… Los “defensores” de la agricultura del sur que muestran intensas gestiones ante las autoridades, deben asumir y ser transparentes con los suyos: no habrá una mano mágica que los salve, menos en un Gobierno que cree firmemente en el poder transformador del mercado.

¿Hay aspectos por mejorar en relación a la compra de leche fresca? Por supuesto, pero el que crea que ello va a generar un cambio sustantivo está muy equivocado, aunque sí dará aire para mirar centrarse en el largo plazo. Es por eso que mucho más razonable es sentarse con la industria para juntos encontrar el camino que lleve la leche al exterior –lo mismo corre para la carne-, como ocurre con las frutas, el vino y los salmones, en vez de continuar con las teorías de la conspiración que no dejan ver la realidad: el negocio del procesamiento es distinto al de la producción primaria y cada uno vela por su mejor rentabilidad. ¿Debería ser distinto? Claro que sí, pero a las patadas no se logrará el cambio.

La solución de lago plazo está clara y ya la reiteró el ministro de Agricultura Walker como eje de su gestión recién iniciada: se trata de la asociatividad de productores para integrarse verticalmente, crear más cooperativas como Colun y dejar de llorar afuera del negocio de otro. La frase que no pronunció la autoridad, pero que subyace, es “o se asocian o se seguirán comiendo las vacas”. Lo demás es música (y de la mala). Es hora de salir de la negación de la realidad antes de que se trasforme en negación psicótica y ya no haya vuelta.

Por muy duro que suene, y aunque a mí tampoco me guste -porque soy de esta zona-, esa es la realidad.

Por Ricardo Alt
Social Comunicaciones
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