▶🎧Prejuicios, discriminación y racismo en Chile: Los 3 grandes venenos del alma

Por el Doctor en Ciencias Humanas, el psicólogo Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl - Académico, Escritor e Investigador (PUC-UACh)

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“Un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse” (Gabriel García Márquez, escritor colombiano, Premio Nobel de Literatura).
Partamos señalando los siguientes datos:

1. El día 13 de febrero recién pasado –previo al día en que se festeja el día de los enamorados y de la amistad–, dos hermanos golpearon brutalmente a Carolina Torres, una joven de 24 años, quién fue víctima de un ataque lesbofóbico con palos, puños y puntapiés, resultado de lo cual, terminó hospitalizada con graves heridas: fractura de cráneo, un coágulo en el cerebro y daños internos de diversa consideración, condición que la tuvo al borde de la muerte. En este ataque a Carolina se produjo una peligrosa –y explosiva– combinación de discriminación, prejuicios, delito de odio y estupidez humana.

2. El día miércoles 6 de febrero, Matías Pérez, Presidente de la empresa Gasco, en un acto donde este pseudo “caballero” mezcló clasismo, prepotencia, abuso de poder, discriminación y aires de superioridad, expulsó de manera indigna y destemplada a tres mujeres de un sector del Lago Ranco, que este energúmeno consideraba que era de su propiedad, afirmación, que resultó ser completamente falsa y que, además, luego fue desmentida por el Ministerio de Bienes Nacionales.

3. En los últimos meses, centenares de inmigrantes de diversas nacionalidades han denunciado ante la opinión pública y justicia chilena, haber sido víctimas de racismo, discriminación y xenofobia, en que los ataques no sólo han sido de tipo verbal, sino que muchos de estos inmigrantes han sido amenazados y atacados físicamente con palos, cuchillos y armas de fuego, en tanto que diversas mujeres extranjeras han sido objeto de abusos sexuales.

No cabe duda alguna, que el fuerte impacto emocional, educacional, económico, político y cultural que tienen los prejuicios, la discriminación y el racismo en una sociedad, pueden conducir a la disgregación, violencia y autodestrucción de la misma sociedad que permite –y que da cabida– a estos tres grandes venenos sociales.

No hay que ir muy atrás en la historia de la humanidad –ni tampoco muy lejos geográficamente– para saber de los desastrosos sucesos ocurridos como consecuencia de la práctica de cada una de estas conductas sociales aprendidas desde el hogar, las que derivan en el uso indiscriminado de violencia, odiosidad, destrucción, e incluso, en el exterminio de culturas y pueblos completos, tal como lo hemos visto, una y otra vez, en el pasado y, lamentablemente, tal como lo estamos viendo también en el presente actual.

Emblemáticos son diversos genocidios que se han producido en el mundo entero como consecuencia del racismo y la discriminación a ultranza: el genocidio de los armenios a manos de los turcos, el de los Tutsis a manos de los Hutus en Ruanda, el de los chinos a manos de los japoneses, el de los tibetanos a manos de los chinos, el del pueblo ucraniano a manos de los rusos, el de los negros a manos de los blancos, y así una larga lista de racismo, xenofobia, abuso, discriminación, muerte y destrucción. Chile, desgraciadamente, tampoco se escapó –ni se escapa actualmente– a este tipo de prácticas que tanto daño, dolor y muerte provocan.

En este sentido, señalemos que los Selknam (u Onas), los Kawéskar, Yaganes, Patagones, etc., no desaparecieron de nuestra Patagonia y de la zona austral de Magallanes por obra y gracia del espíritu Santo, sino que por obra directa –y muy sangrienta, por cierto– de nuestros connacionales y gobiernos de la época, que optaron por ofrecer recompensas en dinero por la muerte y asesinato de los integrantes de estos pueblos considerados “razas inferiores” y “salvajes”, que eran cazados como si fueran animales. En cierta medida, la experiencia chilena y latinoamericana se asemejó mucho a lo que hicieron los norteamericanos con las tribus originarias de Estados Unidos, donde prevaleció con fuerza la frase del general del ejército yanqui Philip Sheridan, quien afirmaba que “el único indio bueno, era un indio muerto”, bajo cuyo precepto se llevó a cabo un terrible genocidio, que hace palidecer al genocidio llevado a cabo por los jerarcas nazis, bajo el gobierno de Adolf Hitler.

Ahora bien, aclaremos que en el ámbito del comportamiento social, el prejuicio hace alusión al proceso de generar una opinión, una interpretación o un juicio sesgado –generalmente negativos y asociados a emociones– sobre alguna persona, objeto o idea, que se hace de manera arbitraria y anticipada, basado en percepciones totalmente subjetivas, que no tienen un sustento real y que no se fundamentan en datos que puedan ser avalados de manera objetiva.

Por el contrario. Demasiado a menudo se trata de falacias, es decir de argumentos que parecen válidos, pero que se sustentan en premisas totalmente falsas. Ejemplo de lo anterior, es cuando se afirma, por ejemplo, de manera arbitraria y en función de un estereotipo estructurado y estático, que: “Los gitanos son estafadores y robaniños”, que “Todos los judíos son comerciantes y avaros”, que “Todas las rubias son tontas”, que “Los pobres son sucios y flojos”, etc., frases, que además de adolecer de todo sustento empírico, indican un alto grado de ignorancia y estupidez humana. De ahí que se diga que “la ignorancia, los prejuicios y el miedo caminan tomados de la mano”.

Por otra parte, la discriminación, definida como una conducta diferenciada y observable que es dirigida hacia un grupo social o hacia algunos de sus miembros, hace referencia a toda aquella acción –u omisión– que es ejecutada por una persona, un grupo de personas o una institución, que produce –y reproduce– una serie de desigualdades en el acceso a recursos y oportunidades, tales como educación, alimentación, trabajo, salud, etc., a favor –o en contra– de otra persona, grupo humano o institución. Dicho de otra manera: se produce una clara violación en cuanto al acceso en igualdad de condiciones a ciertos derechos, ya sea que hablemos de aspectos tales como sexo, edad, color, etnia, género, nacionalidad, ideología política, religión, raza u orientación sexual. Y si hay algunos grupos humanos que se quejan fuertemente en nuestro país de ser objeto de graves actos de discriminación, esos son, por ejemplo, el grupo de las personas discapacitadas, los gitanos, la etnia mapuche, el grupo de homosexuales y lesbianas, las personas de raza negra (especialmente haitianos), etc. No es mera casualidad que se haya tenido que dictar la Ley de Inclusión laboral con el fin de obligar a las medianas y grandes empresas a contratar personas con discapacidad, ya sea de tipo física o cognitiva.

A su vez, el racismo representa una ideología que impone y defiende la superioridad de una raza por sobre otra, así como la necesidad de mantener a dicha raza subyugada o aislada del resto de la población al interior de una comunidad o nación. La práctica del racismo puede llegar, incluso, a justificar la eliminación de aquellas razas –o grupos de personas– consideradas “inferiores”, tal como sucedió, por ejemplo, bajo el régimen nazi con los judíos, los gitanos, los homosexuales, los discapacitados, etc.

La existencia de prejuicios puede conducir a una sociedad a la intolerancia, el clasismo, la discriminación, la xenofobia y el racismo, especialmente, cuando se fundamentan en ciertos “estereotipos”, es decir, aquellas percepciones exageradas, subjetivas, simplificadas que se tienen de una persona o de un grupo de personas que comparten ciertas características, sin que medie ningún tipo de acto reflexivo al respecto del estereotipo que se ha tomado como referente. Dicho de manera menos diplomática: si un determinado estereotipo, es de “corte negativo”, lo que con certeza surgirá de ahí, será un “prejuicio negativo”, con las nefastas consecuencias del caso que son de esperar, tal cual lo estamos viendo, hoy en día, en forma diaria: discriminación, xenofobia, clasismo y racismo.

En función de todo lo anterior, existe la urgente necesidad que tomemos plena conciencia de que estas conductas hacen referencia a “realidades sociales aprendidas”, y cuyos efectos y consecuencias terminan por provocar –de manera innecesaria– mucho dolor, daño, violencia y muerte de millones de seres humanos en todo el planeta.

Digamos finalmente, que nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, por su origen o por su religión: todo ello se aprende en casa.