¿Somos lo que comemos? ▶La dieta de la agresividad y depresión

¿Somos lo que comemos? La dieta de la agresividad y depresión
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl - Académico, escritor e investigador (PUC-UACH)



“No te preguntes por qué razón la comida sana es tan cara. Pregúntate, en cambio, por qué razón la comida chatarra es tan barata”.

Si bien es conocido el hecho de que las grasas trans –o grasas malas– dañan el corazón debido a que disparan los niveles de colesterol malo, un estudio de gran alcance realizado por la Dra. Beatrice Golomb, profesora de Medicina Preventiva de la Universidad de California, Estados Unidos, descubrió que las grasas trans perjudican, asimismo, a nuestro cerebro, nuestra capacidad de memoria y nuestros estados de ánimo.

La investigación de la Dra. Golomb, así como también los estudios de la Dra. Caroline Habold en Francia y de la Dra. Margaret Morris en Australia ubican a estos lípidos –y su combinación con los azúcares– a la cabeza del ranking de aquellos alimentos que pueden producir agresividad, autismo infantil, diabetes, obesidad, depresión e hipertensión arterial en las personas.

De modo que si usted se pregunta, por qué razón ha aumentado –entre otros graves trastornos de salud– el nivel de agresividad de sus hijos, de sus familiares y de personas cercanas, a lo mejor debería cuestionarse acerca de… ¿qué está comiendo la gente de su entorno?

Tanto es así, que los autores de los diversos estudios llamaron “DIETA DE LA AGRESIVIDAD” a las comidas y alimentos hechos con grasas trans y azúcar. Hay que recordar, que las grasas trans, el nitrito de sodio y el azúcar están presentes de manera abundante en la comida chatarra y en la pastelería industrial. Hoy sabemos, que el azúcar tiene un potencial adictivo, incluso más alto, que algunas drogas duras, con la gran diferencia que el consumo de azúcar está legalizado, aún cuando daña severamente al organismo humano.

Algunos alimentos habituales que contienen grasas trans y azúcar son, entre otros: las margarinas, los embutidos, paté de carne, cecinas, kétchup, jugos envasados, galletas, pasteles, donuts, papas fritas, snacks y otras decenas de alimentos altamente procesados y de consumo masivo, que a menudo, nos conducen a comer el doble de lo que necesitamos, porque nunca parecemos quedar satisfechos con porciones menores.

Para qué decir, que en las salsas para preparar espaguetis, así como en múltiples otros productos –como sopas, fiambres y embutidos, por ejemplo– usted puede encontrar grandes cantidades de azúcar, además de otros elementos tóxicos, de manera encubierta. El Dr. Eric Stice, investigador de la Universidad de Oregon, descubrió que otro grave problema del consumo habitual de alimentos altamente energéticos –altos en calorías y azúcares–, es que altera los circuitos neuronales de la misma manera en que lo hace el consumo de drogas. Al comer demasiado azúcar el cerebro se hace hipersensible a las imágenes de alimentos y eso incita a comer, a pesar de que la persona no tenga hambre, lo que lleva al sobrepeso y la obesidad, y a todos los problemas de salud que se asocian con este factor.

Por otra parte, los expertos señalan que el cáncer requiere de altos niveles de azúcar y bajas concentraciones de oxígeno para desarrollarse. A resultas de ello, las personas obesas y con mucha grasa abdominal (es decir, que tienen una barriga) y que no pueden dejar de comer galletas, hamburguesas, completos, papas fritas y pasteles llenos de grasas transgénicas (con mucha harina blanca y azúcares refinados) le están entregando en bandeja la entrada al cáncer para que florezca en su organismo, además de elevar el riesgo en niños y personas jóvenes de desarrollar diabetes, autismo infantil, obesidad, sufrir trastornos cerebrales, aumentar los niveles de agresividad, presentar pataletas, etc.

En este sentido, muchas empresas productoras de alimentos no tienen recato alguno en “regalonear” la vista y el paladar de sus consumidores “esparciendo” grandes cantidades de grasas trans, de nitrito de sodio y azúcares –un producto muy adictivo– en todo aquello que producen. El nitrito de sodio es una sal sódica que la industria alimentaria utiliza muy a menudo como conservante y fijador del color rosado de las carnes y de sus derivados (fiambres, cecinas, embutidos, productos ahumados, etc.). Su empleo está regulado –cuando no prohibido– por la Autoridad Sanitaria, debido a que tiene la capacidad de generar nitrosaminas en los alimentos, es decir un agente reconocidamente cancerígeno.

Sin embargo, las empresas utilizan estas sales en el proceso de salar las carnes, tal como sucede con los jamones, las cecinas y los pescados. Otro uso que se le da a los nitritos, es en función de sus propiedades organolépticas, es decir, por su capacidad de mejorar el sabor, olor, color y textura de las carnes.

Otra mala práctica de la industria alimentaria, es el abuso que hace de un aditivo llamado glutamato monosódico (GMS). El glutamato de sodio se utiliza con mucha liviandad para dar más “sabor” a los alimentos industrializados, tales como los caldos de pollo en cubitos, las papas saladas (o chips), sopas instantáneas, los doritos, el jamón serrano, etc. Si usted lee atentamente el etiquetado de los productos que consume, en varios de ellos descubrirá la presencia de GMS.



En los años sesenta, la empresa japonesa Ajinomoto popularizó el sazonador del mismo nombre, Aji-no-moto (“esencia del gusto” o sal china), un elemento que se usaba como sal en todos los alimentos, y que potencia el sabor y el aroma del producto consumido. Después de que los consumidores de estos productos comenzaron a experimentar una serie de graves trastornos de salud que incluían dolores de cabeza, taquicardia, irritación en los ojos, visión borrosa, comezón generalizada, asma, sudoración excesiva, diarrea, etc., tuvo que ser retirada del mercado. Era glutamato monosódico en estado puro y encarnaba, en tales condiciones, un compuesto que enfermaba a la gente y que, además, era cancerígeno.

¿Qué hizo la industria alimentaria? Lo comenzó a procesar, combinándolo en menores cantidades con otros aditivos, con objeto de continuar “sazonando” los alimentos producidos de manera industrial.

Estudios médicos más profundos del glutamato monosódico dejaron en evidencia que este producto, además de tener un efecto tóxico en las células nerviosas, es un elemento adictivo que favorece la obesidad y, en algunos casos, la esterilidad en los seres humanos. ¿Cuál fue la decisión de la Autoridad Sanitaria? Controlar que la sustancia no sobrepasara un determinado porcentaje del producto vendido, de modo de “hacerlo seguro”. En realidad, lo que hicieron las autoridades fue dar libertad –o “chipe libre”, si usted quiere– para que la industria alimentaria continuara con la venta masiva de una sustancia peligrosa para la población, la cual, ignorante de la situación en comento, consume –sin saberlo– diversos productos procesados que la contienen.

Y eso no es todo. Si usted calienta los productos comprados directamente desde sus envases de polietileno y plástico en el horno microondas, los efectos finales podrían, incluso, empeorar, por cuanto, el envase plástico al entrar en contacto con el intenso calor del microondas comienza a liberar ftalatos y dioxinas presentes en los envases plásticos, es decir, aquellas toxinas que también producen cáncer. Lo malo es que ninguna autoridad, ya sea sanitaria o de otra categoría, le avisa a las personas acerca de todos estos peligros. Incluso más: en una época se culpó al horno microondas de generar cáncer, sin embargo, el verdadero causante del cáncer es el envase plástico que envuelve a los alimentos, el cual, con el intenso calor del microondas libera los peligrosos ftalatos que se filtran y adhieren en la comida, y que luego pasan a su organismo como toxinas y metales pesados difíciles de eliminar.

Tomando en cuenta todos estos factores analizados acerca de los alimentos que ingerimos regularmente, no es lo que podríamos llamar una “comida sana” y “natural”, o bien, una “dieta equilibrada”, por lo tanto, aquello que nosotros y nuestros niños necesitan, es tener una alimentación al servicio de nuestro cerebro.

Finalmente, quiero dejar muy en claro, que no se trata aquí de asustar a nadie, sino que poner a la población en alerta y, en la medida de lo posible, ayudar a hacer prevención en salud. Se dice que la prudencia es la madre de todas las virtudes, y en este caso, es especialmente cierto, porque la idea de fondo, es ayudar a cuidar la salud física y mental de las personas de manera integral.

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