¿Enfrentamos el fin de los teatros?

Teatro Municipal de Santiago
Por Myriam O, Artista Multidisciplinaria.

Al oír las primeras notas me transporté de inmediato al pasado, a años juveniles, entre los quince y dieciocho, durante los cuales mis catarsis emocionales sucedían usualmente a través del bello sonido de un piano. Como siempre fui amante de la era del Romanticismo y del Clásico tardío, no dejaba de maravillarme una y otra vez con Beethoven, Liszt, Schubert, Mendelssohn y, mi preferido, Frédéric Chopin. Ponía los discos en el mismo orden —a veces cambiaba el primero— ya que nunca me ha importado repetir lo que me gusta, al contrario, siempre he pensado que de lo bueno, mucho.

Como se asoma tras el cristal de la ventana un día bastante gris y húmedo, no necesito cerrar los ojos para evocar sentimientos de antaño mientras escribo estas líneas y escucho a la pianista Gabriela Montero, gracias a la sesión en directo que el Royal Albert Hall preparó para esta tarde. Me dejo llevar por territorio familiar mientras reconozco la primera pieza, uno de los Nocturnos de Chopin. Veo a la pianista vestida de negro, sentada al Steinway & Sons, un telón de fondo color marfil, una pequeña mesita tras la banqueta hacia la izquierda y una botella de agua de aluminio color rosa pálido sobre ella. Aunque el piso de tablones de madera brilla como un espejo, Gabriela no está en el escenario del teatro —uno de mis favoritos, por lo icónico, legendario y majestuoso. Tal vez esté en una de las salas pequeñas, o en su propia casa porque, por estos días, muchas transmisiones se llevan a cabo desde los hogares de los artistas. Salvo hace una semana, cuando la mezzo soprano Katherine Jenkins actuó, también vía streaming, con el Albert Hall vacío completamente iluminado, para el concierto en conmemoración de los 75 años del término de la Segunda Guerra Mundial.




Y así como he tenido la fortuna de ver actuar en persona a tantos artistas de fama mundial, tales como Renata Scotto —la noche que cantó La Bohème junto a Verónica Villarroel en el Teatro Municipal de SantiagoLuciano Pavarotti en San Carlos de Apoquindo, Natalie Cole en el Hollywood Bowl y a la inolvidable Audra McDonald en su papel de Lady Day en el Wyndham's en Londres, recientemente me ha tocado ver a varios otros, un tanto incómodos, cantando desde su propio dormitorio.

De modo que, además de disfrutar de la interpretación de la pianista, me asalta la misma duda que últimamente me ha quitado el sueño: ¿Es que el mundo va a permitir que mueran los teatros, y con ellos los artistas?

Yo tenía solo siete años cuando mis padres nos llevaron a mis hermanos menores y a mí al Municipal a ver la ópera “El Trovador”, de Giuseppe Verdi, la primera de muchas otras que vendrían después. Sin embargo, en la época de Chopin, los conciertos se organizaban esencialmente en salones de residencias privadas, pues no fue sino hasta el siglo XVIII que se construyeron los primeros teatros tradicionales, los cuales pusieron más al alcance del público general la música escuchada hasta ese momento principalmente por las élites.

Entonces, si permitimos que llegue a su fin el mágico intercambio de sutiles vibraciones humanas que emiten quienes actúan desde el escenario a la audiencia y viceversa, será como un asesinato a la pasión y a las tradiciones artísticas que tanto esfuerzo ha costado mantener.

Con el pretexto de que todo se puede hacer desde nuestra casa ad eternum, estamos nada más que enviando al cadalso a los artistas de todos los géneros y de todo el mundo. Nada, ni la mejor transmisión digital, se puede comparar con la magia de presenciar un concierto, un ballet, una ópera o ver al Ballet Folklorico Nacional Bafona escribir verdaderos poemas sobre el escenario de un teatro.

Que tengamos acceso a la tecnología que nos permite, durante este encierro global, continuar acompañados por la música gracias a registros visuales de esta naturaleza, es una ayuda temporal. Pero no reemplaza, y jamás lo hará, a la experiencia estética y emocional de una presentación en vivo y todo lo que ella entraña. No en vano una de las cosas más difíciles con las que todo artista en algún momento debe lidiar, es actuar frente al público.

¿Acaso vamos a simplemente desechar también tanto esmero y trabajo de siglos?

Es mi opinión que no debemos aceptar, ni como público ni como artistas, entrar a una era en que una pantalla reemplace el murmullo de las voces de los asistentes antes de que comience el espectáculo, o la emoción que se siente cuando uno ingresa a un teatro.

Por mi parte, siempre recordaré a Sir Simon Rattle dirigiendo la Orquesta Sinfónica de Londres en el hermoso teatro de la Fundación CorpArtes en Santiago, y la sensación que tuve aquel miércoles de enero de 2014, cuando puse un pié por primera vez en la Deutsche Oper de Berlín y, luego de pasar por guardarropía, busqué mi butaca y me senté por fin a admirar una de las mejores versiones del aria de la Reina de La Noche de “La Flauta Mágica”, de W.A. Mozart.

¡Que vivan los teatros, que vivan los artistas!



Fuente de la información: Myriam Olivares Grez, artista multidisciplinaria