Columna: La utopía del respeto

Reloj de Salvador Dalí
Por Myriam O., Artista Multidisciplinaria.

A veces me da la sensación de que mi entorno se ha ido transformando en un cuadro de Dalí, en el cual los objetos y figuras se ven deformes, chorreando por los muros y el fondo, desintegrándose. Pero a pesar de esta mezcla de pesadilla y realidad, la vida continúa su curso. Nacen y mueren personas a diario. De hecho recientemente falleció el papá de unos amigos, por lo cual asistí a un responso esa misma tarde. Y estábamos todos en la puerta de la iglesia, cuando desde un vehículo que iba pasando un hombre gritó garabatos y vociferó, “¡Ya se están golpeando el pecho!”. Lo encontré, al menos, preocupante. Porque me habría gustado recordarle que en Chile existe la libertad de culto y que aquí convivimos católicos, judíos, mormones, evangélicos, musulmanes y budistas, con agnósticos y ateos. Y decirle que aunque él lo ignore, en la Declaración Universal de Derechos Humanos está establecido en los Artículos 1 y 2, que nacemos libres en dignidad y derechos y que no habrán de hacerse distinciones, sin importar la religión —entre otras cosas igualmente relevantes. Además habría puesto énfasis en que el Artículo 18 establece específicamente la libertad de pensamiento, conciencia y credo religioso para todos por igual.

Y me pregunto, ¿en qué país vivo que ahora cualquiera se arroga autoridad para decidir si los demás pueden, o no, creer libremente en un ser superior y de insultar a voz en cuello a quienes acuden, por cualquier razón, a un lugar de oración? Es más, ser creyente es algo personal. Por lo mismo, me pareció inexcusable el actuar de ese individuo. Y si bien él fue violento en la forma, desgraciadamente en el fondo no es un caso aislado, pues en la sección de comentarios de los lectores de un reconocido medio de prensa nacional online, son habituales la mofa y frases burlescas respecto de cualquier creencia religiosa. Por otro lado, me atrevo a asegurar que él, a quien tanto le preocupó un grupo de personas entrando a una iglesia, está en deuda con la sociedad y muy probablemente con su propia familia, ya que dudo que haya educado a sus hijos en el concepto de respeto.

Es mi opinión, que el respeto universal por otro ser humano es la base de una convivencia social pacífica y ordenada y que por esta sola razón, debería ser inculcado en el hogar y reforzado en el colegio, sin necesidad de leyes novedosas de por medio. Pero ocurre que, lamentablemente, vivimos en un país en el que respetar a los demás ha pasado al último lugar en la lista de prioridades, ya que a diario observamos total permisividad de parte del Estado ante quienes quebrantan la ley, y una gran falta de consideración entre las personas. Así, el respeto por la diversidad de ideas, por la vida y por la propiedad privada, se ha vuelto casi una utopía.

Entonces, ¿cómo proteger nuestra libertad y nuestros derechos cuando quienes nos rodean atentan contra ellos? Pues no cayendo en su mismo juego —a pesar de que las corrientes políticas progresistas intenten imponer una visión discriminatoria e intolerante hacia quienes no se pliegan a su ideario.

En otras palabras, podemos protegernos dando el ejemplo: no hacer a otros lo que no queremos que nos hagan a nosotros. Dicen que de esto se trata el amor al prójimo. En la práctica, evitar a toda costa aquello que en inglés se llama “bigotry” —es decir, prejuicio o sesgo— decidiendo no albergar ni expresar creencias enraizadas e injustas, y no sentir desagrado por quienes creen en algo distinto o llevan una vida diferente a la de uno.

Dicho lo anterior, los invito a creer nuevamente en el respeto universal y a salvaguardar la libertad individual. En lo personal, creo en el respeto a la vida humana y en respetar a aquellos que piensan distinto; creo en el respeto hacia quien reza a otro Dios o a ninguno, y hacia aquellos distintos a mí simplemente porque yo soy distinta a ellos. Incluso estoy decidida a esforzarme aún más, y respetar a quienes alrededor del mundo han coordinado y sacado provecho tan malévolamente de esta pandemia, dejando por doquier a millones de personas sin trabajo.

Respeto es una palabra mágica que abre muchas puertas. El respeto es amor; es no considerar a nada y a nadie inferior a uno mismo. Es tener la certeza de que todos tenemos derecho a la libertad en la misma medida, y en su ejercicio, a ir a una sinagoga, a una iglesia, a una mezquita o a cualquier otro templo, con la tranquilidad de que seremos respetados y que bajo ningún concepto, seremos atacados de manera alguna por otra persona.