Trump y la tragedia (el canto macho cabrío)
Por Javier Agüero Águila, Dr. en Filosofía. CIF/Universidad de Los Lagos.
Que al invadir Venezuela Estados Unidos violó la Constitución al ejecutarse sin la autorización del Congreso de ese país; o que Venezuela no sea ni de cerca un productor significativo de cocaína o de fentanilo (la mayor parte que de esta droga que se consume en EE.UU. viene de China); o bien el hecho de asumir como imperativo, por cuestiones de “humanidad”, liberar al pueblo venezolano de la dictadura de Maduro –dictadura real–; bien que en nombre de esa liberación se invoque a la democracia como el gran dispositivo colonizador que no ha traído sino catástrofes, justo, al intentar imponer vía fuerza el sistema democrático en países como Afganistán, Libia o Irak; o que Trump haya liberado al ex presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, quien cumplía 45 años de cárcel por liderar una red de narcotráfico; luego que bajo el llamado “Corolario Trump” se actualice la deletérea doctrina Monroe para hegemonizar a toda América latina derivada de una potenciada “Estrategia de Seguridad Nacional”; o que el mismo presidente de los EE.UU. pretenda desviar la atención de la acusación en su contra por violación de una menor de edad al interior del llamado “caso Epstein”, en fin. El etcétera puede ser interminable y, la tragedia (del griego tragōidía, compuesta por trágos "macho cabrío" y oide "canto", literalmente: “El canto del macho cabrío”), lo que estremece y hace temblar, es que todo esto no importa y se devela como un oxímoron múltiple. El continente entra en una etapa de medicalización.
Y no importa nada porque al momento de analizar la política expansionista de Donald Trump que es, en rigor, otro momento en la tradición injerencial de Estados Unidos cuando de arrasar soberanías y tercerizar aún más a América latina se trata; financiando Golpes de Estado, levantando y bajando dictadores, haciéndose de los recursos naturales de esos países “menores” que se han visto constreñidos a volverse extractivistas y tributar de esta manera a una “Roma” contemporánea que, en caso contrario, siempre los castigará.
¿Alguna vez EE.UU. se hizo cargo de los crímenes de lesa humanidad que sus “gestiones”, en complicidad sempiterna con la oligarquía castiza, significaron, en este caso, para el Cono sur? ¿Se pidió perdón? No, los imperios no piden perdón; o triunfan o caen, pero no se mimetizan con la justicia en el sentido extensivo que puede tener esta palabra. Esto es no solo como lo penal, sino que asumiendo el dolor de un continente que hasta el día de hoy sigue palideciendo, sonámbulo y buscando, precisamente, una justicia que –al decir del filósofo Jacques Derrida– siempre es por venir, nunca se actualiza, sino que su condición, si tiene una, es la de lo ilimitado, por lo tanto no hay punto final ni tampoco concepto que abrevie la justicia.
¿Deberíamos entonces sorprendernos? Si, tal como lo sostenía Walter Benjamin: “Nada que haya acontecido alguna vez ha de darse por perdido para la historia” (Sobre el concepto de historia, Tesis III, 1940), más que un aforismo es una constatación en clave de recuperación del tiempo que vuelve ahí donde todo es iterable, es decir diferencia en la repetición pero repetición al fin ¿No nos es “familiar” que Estados Unidos hoy bajo el control de un sujeto con delirios faraónicos –y con una capacidad de falsación inédita que exige a ir más allá de la saturada “posverdad”–, no hace más que ser el fractal de aquello que sus antecesores perpetraron con igual vehemencia?
Trump desplaza la democracia a una zona de arcana ilegalidad. Esta es “su” democracia, entendida por él mismo como la vaporización de todos los tratados, derechos, querellas e insubordinaciones legítimas, y que le permiten articular, tal como lo acaba de hacer en Venezuela, la prédica de la seguridad y el salmo de la libertad. Maduro era un dictador y un corrupto, pensar lo contrario es una alquimia del derrotero totalizante de una izquierda muerta, pero no se pueden ecualizar en una misma frecuencia dos fenómenos que deben ser singularizados. A Trump no le importa el destino del pueblo venezolano, incluso, me atrevería a decir que tampoco le significa mucho Maduro, salvo que esté preso de por vida y entonces que el tiempo haga el trabajo de olvidarlo; en esta línea la captura de éste y su esposa es una suerte de fase preliminar de un plan mayor; nada más que una suerte de pórtico que habrá que cruzar, porque lo que destila desde sus incisivos de lobo en progresivo acecho, es su obsesión por el petróleo, el crudo, el oro negro del cual Venezuela es dueño del 20% de la producción mundial.
Por otro lado, al hacerse del petróleo, no solo coloniza Venezuela, sino que asimismo puede pulverizar el régimen de los Castro. Aquí Marco Rubio, secretario de Estado y presidente del Partido Republicano es clave, en el entendido que nace a la política norteamericana con el horizonte, para nada utópico, de “liberar” a ese pueblo que era el de sus antepasados.
¿Qué es, hoy, Cuba sin Venezuela ahí donde la primera está aislada, sin recursos a causa de una empresa turística en decadencia (su principal fuente de ingresos) y sin apoyo internacional de ninguna potencia euro-asiática o del Medio Oriente? Todo calza. Y después será Colombia y Nicaragua. México no, a Trump le es útil Claudia Sheinbaum porque, aunque se declare de izquierda, le sirve para controlar y detener la migración hacia sus territorios.
Como sea, al final de todo vamos precipitados a un reordenamiento mundial que imputará ser parte de algún eje, aún no definidos, pero no muy difícil de prever –Kast ya destapó Champagne y Milei se regocija mientras bastardiza “Demoliendo hoteles”–. A través de la invasión a Venezuela no se termina con una dictadura puntual, solo se cambia por otra inmensurablemente más poderosa: un amo por otro (como sostuvo Lacan en Vincennes posterior a la revuelta de Mayo del 68) y todos los que hoy celebran la “liberación” de su país, lo que es justo desde una cierta perspectiva, verán cómo esa emancipación circunstancial no era nada más que el primer corte para que vuelvan a desangrarse, en un espiral histórico brutal, las venas de América latina.
Fuente información: www.ulagos.cl
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Que al invadir Venezuela Estados Unidos violó la Constitución al ejecutarse sin la autorización del Congreso de ese país; o que Venezuela no sea ni de cerca un productor significativo de cocaína o de fentanilo (la mayor parte que de esta droga que se consume en EE.UU. viene de China); o bien el hecho de asumir como imperativo, por cuestiones de “humanidad”, liberar al pueblo venezolano de la dictadura de Maduro –dictadura real–; bien que en nombre de esa liberación se invoque a la democracia como el gran dispositivo colonizador que no ha traído sino catástrofes, justo, al intentar imponer vía fuerza el sistema democrático en países como Afganistán, Libia o Irak; o que Trump haya liberado al ex presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, quien cumplía 45 años de cárcel por liderar una red de narcotráfico; luego que bajo el llamado “Corolario Trump” se actualice la deletérea doctrina Monroe para hegemonizar a toda América latina derivada de una potenciada “Estrategia de Seguridad Nacional”; o que el mismo presidente de los EE.UU. pretenda desviar la atención de la acusación en su contra por violación de una menor de edad al interior del llamado “caso Epstein”, en fin. El etcétera puede ser interminable y, la tragedia (del griego tragōidía, compuesta por trágos "macho cabrío" y oide "canto", literalmente: “El canto del macho cabrío”), lo que estremece y hace temblar, es que todo esto no importa y se devela como un oxímoron múltiple. El continente entra en una etapa de medicalización.
Y no importa nada porque al momento de analizar la política expansionista de Donald Trump que es, en rigor, otro momento en la tradición injerencial de Estados Unidos cuando de arrasar soberanías y tercerizar aún más a América latina se trata; financiando Golpes de Estado, levantando y bajando dictadores, haciéndose de los recursos naturales de esos países “menores” que se han visto constreñidos a volverse extractivistas y tributar de esta manera a una “Roma” contemporánea que, en caso contrario, siempre los castigará.
¿Alguna vez EE.UU. se hizo cargo de los crímenes de lesa humanidad que sus “gestiones”, en complicidad sempiterna con la oligarquía castiza, significaron, en este caso, para el Cono sur? ¿Se pidió perdón? No, los imperios no piden perdón; o triunfan o caen, pero no se mimetizan con la justicia en el sentido extensivo que puede tener esta palabra. Esto es no solo como lo penal, sino que asumiendo el dolor de un continente que hasta el día de hoy sigue palideciendo, sonámbulo y buscando, precisamente, una justicia que –al decir del filósofo Jacques Derrida– siempre es por venir, nunca se actualiza, sino que su condición, si tiene una, es la de lo ilimitado, por lo tanto no hay punto final ni tampoco concepto que abrevie la justicia.
¿Deberíamos entonces sorprendernos? Si, tal como lo sostenía Walter Benjamin: “Nada que haya acontecido alguna vez ha de darse por perdido para la historia” (Sobre el concepto de historia, Tesis III, 1940), más que un aforismo es una constatación en clave de recuperación del tiempo que vuelve ahí donde todo es iterable, es decir diferencia en la repetición pero repetición al fin ¿No nos es “familiar” que Estados Unidos hoy bajo el control de un sujeto con delirios faraónicos –y con una capacidad de falsación inédita que exige a ir más allá de la saturada “posverdad”–, no hace más que ser el fractal de aquello que sus antecesores perpetraron con igual vehemencia?
Trump desplaza la democracia a una zona de arcana ilegalidad. Esta es “su” democracia, entendida por él mismo como la vaporización de todos los tratados, derechos, querellas e insubordinaciones legítimas, y que le permiten articular, tal como lo acaba de hacer en Venezuela, la prédica de la seguridad y el salmo de la libertad. Maduro era un dictador y un corrupto, pensar lo contrario es una alquimia del derrotero totalizante de una izquierda muerta, pero no se pueden ecualizar en una misma frecuencia dos fenómenos que deben ser singularizados. A Trump no le importa el destino del pueblo venezolano, incluso, me atrevería a decir que tampoco le significa mucho Maduro, salvo que esté preso de por vida y entonces que el tiempo haga el trabajo de olvidarlo; en esta línea la captura de éste y su esposa es una suerte de fase preliminar de un plan mayor; nada más que una suerte de pórtico que habrá que cruzar, porque lo que destila desde sus incisivos de lobo en progresivo acecho, es su obsesión por el petróleo, el crudo, el oro negro del cual Venezuela es dueño del 20% de la producción mundial.
Por otro lado, al hacerse del petróleo, no solo coloniza Venezuela, sino que asimismo puede pulverizar el régimen de los Castro. Aquí Marco Rubio, secretario de Estado y presidente del Partido Republicano es clave, en el entendido que nace a la política norteamericana con el horizonte, para nada utópico, de “liberar” a ese pueblo que era el de sus antepasados.
¿Qué es, hoy, Cuba sin Venezuela ahí donde la primera está aislada, sin recursos a causa de una empresa turística en decadencia (su principal fuente de ingresos) y sin apoyo internacional de ninguna potencia euro-asiática o del Medio Oriente? Todo calza. Y después será Colombia y Nicaragua. México no, a Trump le es útil Claudia Sheinbaum porque, aunque se declare de izquierda, le sirve para controlar y detener la migración hacia sus territorios.
Como sea, al final de todo vamos precipitados a un reordenamiento mundial que imputará ser parte de algún eje, aún no definidos, pero no muy difícil de prever –Kast ya destapó Champagne y Milei se regocija mientras bastardiza “Demoliendo hoteles”–. A través de la invasión a Venezuela no se termina con una dictadura puntual, solo se cambia por otra inmensurablemente más poderosa: un amo por otro (como sostuvo Lacan en Vincennes posterior a la revuelta de Mayo del 68) y todos los que hoy celebran la “liberación” de su país, lo que es justo desde una cierta perspectiva, verán cómo esa emancipación circunstancial no era nada más que el primer corte para que vuelvan a desangrarse, en un espiral histórico brutal, las venas de América latina.
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