Verano que deja huella
Por Florencia Pérez, Co fundadora y Directora de Sostenibilidad Fundación Brotario.
El verano tiene algo que lo vuelve distinto. Los días parecen más largos, el tiempo se vive con menos prisa y se abren espacios para experiencias que durante el resto del año simplemente no ocurren. Para las infancias y juventudes, este período puede convertirse no sólo en un descanso, sino también en una oportunidad real de crecimiento personal, de descubrimiento y de conexión con el entorno y con otros.
En el contacto con la naturaleza y en la vida compartida en comunidad suceden aprendizajes profundos, muchas veces invisibles, pero decisivos. Una caminata, un día en el mar o el lago, una conversación al aire libre o el simple hecho de observar el entorno, o una pequeña flor pueden transformarse en momentos significativos que dejan huella. En esos espacios se desarrollan la curiosidad, la autonomía, la confianza y el sentido de pertenencia, sin necesidad de que alguien lo enseñe de manera explícita.
La naturaleza invita a explorar, a hacer preguntas, a probar, a equivocarse y volver a intentar. En ese proceso, niñas, niños y jóvenes descubren sus propias capacidades, aprenden a relacionarse con otros y fortalecen su vínculo con el lugar que habitan. Son aprendizajes significativos que se incorporan al desarrollo personal de forma natural y que muchas veces se recuerdan durante toda la vida y cambian perspectivas.
El verano también abre la puerta al encuentro. Compartir con otros en entornos abiertos, en actividades simples y cotidianas, genera vínculos más cercanos y auténticos. Se construyen amistades, se comparten historias y se crean recuerdos colectivos que ayudan a formar identidad. La comunidad, en ese sentido, se transforma en un espacio de aprendizaje en sí mismo.
Lo que ocurre en estos meses no siempre se mide ni se evalúa, pero se siente. Se ve en la seguridad con que un niño enfrenta algo nuevo, en la tranquilidad que encuentra un joven en medio del paisaje, en la forma en que comienzan a comprender su lugar en el mundo. Son aprendizajes que no se explican con palabras, pero que se incorporan en la experiencia.
Por eso, el verano puede ser mucho más que una pausa en la rutina. Puede convertirse en un tiempo que marca, que acompaña el crecimiento y que deja recuerdos que, con los años, se transforman en parte de quienes somos. En el contacto con la naturaleza y en la vida compartida, las infancias y juventudes encuentran un espacio para descubrir, para sentir y para crecer. Y esas huellas, aunque invisibles, permanecen.
Fuente información: consuelomontero@brotario.cl
El verano tiene algo que lo vuelve distinto. Los días parecen más largos, el tiempo se vive con menos prisa y se abren espacios para experiencias que durante el resto del año simplemente no ocurren. Para las infancias y juventudes, este período puede convertirse no sólo en un descanso, sino también en una oportunidad real de crecimiento personal, de descubrimiento y de conexión con el entorno y con otros.
En el contacto con la naturaleza y en la vida compartida en comunidad suceden aprendizajes profundos, muchas veces invisibles, pero decisivos. Una caminata, un día en el mar o el lago, una conversación al aire libre o el simple hecho de observar el entorno, o una pequeña flor pueden transformarse en momentos significativos que dejan huella. En esos espacios se desarrollan la curiosidad, la autonomía, la confianza y el sentido de pertenencia, sin necesidad de que alguien lo enseñe de manera explícita.
La naturaleza invita a explorar, a hacer preguntas, a probar, a equivocarse y volver a intentar. En ese proceso, niñas, niños y jóvenes descubren sus propias capacidades, aprenden a relacionarse con otros y fortalecen su vínculo con el lugar que habitan. Son aprendizajes significativos que se incorporan al desarrollo personal de forma natural y que muchas veces se recuerdan durante toda la vida y cambian perspectivas.
El verano también abre la puerta al encuentro. Compartir con otros en entornos abiertos, en actividades simples y cotidianas, genera vínculos más cercanos y auténticos. Se construyen amistades, se comparten historias y se crean recuerdos colectivos que ayudan a formar identidad. La comunidad, en ese sentido, se transforma en un espacio de aprendizaje en sí mismo.
Lo que ocurre en estos meses no siempre se mide ni se evalúa, pero se siente. Se ve en la seguridad con que un niño enfrenta algo nuevo, en la tranquilidad que encuentra un joven en medio del paisaje, en la forma en que comienzan a comprender su lugar en el mundo. Son aprendizajes que no se explican con palabras, pero que se incorporan en la experiencia.
Por eso, el verano puede ser mucho más que una pausa en la rutina. Puede convertirse en un tiempo que marca, que acompaña el crecimiento y que deja recuerdos que, con los años, se transforman en parte de quienes somos. En el contacto con la naturaleza y en la vida compartida, las infancias y juventudes encuentran un espacio para descubrir, para sentir y para crecer. Y esas huellas, aunque invisibles, permanecen.
Fuente información: consuelomontero@brotario.cl







