La violencia como forma “naturalizada” de resolver conflictos
Por el Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl. Académico, escritor e investigador (PUC).
La violencia ha sido definida como “el uso de la fuerza que se orienta a la consecución de un fin, especialmente, cuando se quiere dominar y someter a alguien o imponer algo sobre otros”. Hay estudios que indican que la agresividad estaría asociada a la supervivencia y representa un instinto natural que el hombre lleva consigo desde su nacimiento y que comparte con los animales. Este instinto serviría para estar alertas, defendernos y adaptarnos al entorno. Por lo tanto, la agresividad sería biológica, instintiva y estaría regulada por un conjunto de reacciones neuroquímicas.
Sin embargo, también estamos frente a “un comportamiento que se aprende desde pequeño a través de las conductas que emiten los adultos”: los niños y niñas copian y replican la forma en cómo los adultos resuelven sus problemas, la forma en cómo interactuamos, hablamos, nos relacionamos y tratamos a las demás personas.
El filósofo, escritor y periodista francés Jean François Revel destaca la triste y dolorosa impotencia que experimenta el ser humano ante algunos acontecimientos que lo envuelven y arrastran, aún en contra de su voluntad, hacia la práctica de una violencia que no conoce límite alguno, cuando expresa que “el siglo XX ha sido uno de los más sangrientos de la historia; se singulariza por la extensión de sus opresiones, de sus persecuciones, de sus exterminios”, en tanto que las tres primeras décadas del siglo XXI se destacan por el uso de la violencia y de la destrucción masiva que se ha llevado a cabo.
Son palabras que impactan profundamente en la mente de aquellas personas que son reflexivas y que analizan con detención aquello que ocurre en su entorno, quedando la impresión en nuestra conciencia, que el dios –o dioses– que se invoca en el momento de iniciar una de las tantas guerras de exterminio, odiara y/o despreciara profundamente a la raza humana, a raíz de las severas consecuencias que acarrea cada una de estas guerras a millones de seres inocentes.
A la voz del filósofo Revel se suma la de Matthew White, un connotado estudioso de la atrocitología, es decir, “la disciplina que se preocupa de estudiar las atrocidades que ha cometido el ser humano”, ya sea en nombre de Dios, de una determinada ideología –sea ésta de izquierda o de derecha–, de una falsa idea basada en la supremacía de una raza sobre otra, o simplemente, cuando el ser humano lleva a cabo sus guerras de conquista y destrucción genocida.
En su libro “La Historia negra de la humanidad” White señala que el siglo XX junto con haber sido un siglo con la mayor cantidad de conocimientos y avances científicos, ha sido, hasta ahora, el siglo más cruento de la historia humana con más de 175 millones de muertos, más del ochenta por ciento de los cuales –mujeres, niños y ancianos– fueron víctimas inocentes que nada tenían que ver en el conflicto que las condujo a la tortura, agresión, muerte violenta y destrucción.
El problema más grave radica en que el nuevo siglo XXI está siguiendo las mismas huellas sangrientas que dejó el siglo XX. Tanto es así, que hoy, año 2026, tenemos varias guerras en pleno desarrollo. De la postura personal que adopte cada ser humano ante tanto desajuste emocional, tanta violencia, tanta arbitrariedad e injusticia, dependerá nada menos que la supervivencia de la especie humana, y por ende, de su civilización.
Con mucho humor negro lo expresó Albert Einstein, Premio Nobel de Física, cuando planteó, hace más de setenta años, que si todos los hombres y mujeres de este planeta no hacíamos un gran esfuerzo en cambiar ciertas conductas y actitudes donde prima y reina la agresión, la próxima guerra la pelearíamos con... garrotes (siempre y cuando alguien sobreviva).
En este sentido, uno se ve tentado a coincidir con ciertos pensadores, cuando plantean, que en lugar de considerar la posibilidad de que el hombre haya sido creado a imagen y semejanza de Dios, lo que hay que reconocer es que el ser humano, como la criatura más inteligente y poderosa que jamás haya pisado la tierra, no ha sido nunca capaz de “crear un dios que sea superior a él mismo”: muchos de los dioses –actuales y pasados– invocados por los seres humanos, muestran la volubilidad, la moral, el desprecio y las malas costumbres de un verdadero niño malcriado y vengativo.
De acuerdo con el psicólogo y educador, Dr. Lawrence LeShan, sin importar la tensión y la destrucción que la amenaza de guerra –paradójicamente– prometa eliminar, este flagelo se hace presente “en casi todas las culturas y en todos los estratos socioeconómicos, políticos e intelectuales de cada cultura. Nos enfrentamos con una tensión humana fundamental”. LeShan refuerza esta última idea, destacando el carácter “específicamente humano de esta peligrosa tensión”.
La violencia ha sido definida como “el uso de la fuerza que se orienta a la consecución de un fin, especialmente, cuando se quiere dominar y someter a alguien o imponer algo sobre otros”. Hay estudios que indican que la agresividad estaría asociada a la supervivencia y representa un instinto natural que el hombre lleva consigo desde su nacimiento y que comparte con los animales. Este instinto serviría para estar alertas, defendernos y adaptarnos al entorno. Por lo tanto, la agresividad sería biológica, instintiva y estaría regulada por un conjunto de reacciones neuroquímicas.
Sin embargo, también estamos frente a “un comportamiento que se aprende desde pequeño a través de las conductas que emiten los adultos”: los niños y niñas copian y replican la forma en cómo los adultos resuelven sus problemas, la forma en cómo interactuamos, hablamos, nos relacionamos y tratamos a las demás personas.
El filósofo, escritor y periodista francés Jean François Revel destaca la triste y dolorosa impotencia que experimenta el ser humano ante algunos acontecimientos que lo envuelven y arrastran, aún en contra de su voluntad, hacia la práctica de una violencia que no conoce límite alguno, cuando expresa que “el siglo XX ha sido uno de los más sangrientos de la historia; se singulariza por la extensión de sus opresiones, de sus persecuciones, de sus exterminios”, en tanto que las tres primeras décadas del siglo XXI se destacan por el uso de la violencia y de la destrucción masiva que se ha llevado a cabo.
Son palabras que impactan profundamente en la mente de aquellas personas que son reflexivas y que analizan con detención aquello que ocurre en su entorno, quedando la impresión en nuestra conciencia, que el dios –o dioses– que se invoca en el momento de iniciar una de las tantas guerras de exterminio, odiara y/o despreciara profundamente a la raza humana, a raíz de las severas consecuencias que acarrea cada una de estas guerras a millones de seres inocentes.
A la voz del filósofo Revel se suma la de Matthew White, un connotado estudioso de la atrocitología, es decir, “la disciplina que se preocupa de estudiar las atrocidades que ha cometido el ser humano”, ya sea en nombre de Dios, de una determinada ideología –sea ésta de izquierda o de derecha–, de una falsa idea basada en la supremacía de una raza sobre otra, o simplemente, cuando el ser humano lleva a cabo sus guerras de conquista y destrucción genocida.
En su libro “La Historia negra de la humanidad” White señala que el siglo XX junto con haber sido un siglo con la mayor cantidad de conocimientos y avances científicos, ha sido, hasta ahora, el siglo más cruento de la historia humana con más de 175 millones de muertos, más del ochenta por ciento de los cuales –mujeres, niños y ancianos– fueron víctimas inocentes que nada tenían que ver en el conflicto que las condujo a la tortura, agresión, muerte violenta y destrucción.
El problema más grave radica en que el nuevo siglo XXI está siguiendo las mismas huellas sangrientas que dejó el siglo XX. Tanto es así, que hoy, año 2026, tenemos varias guerras en pleno desarrollo. De la postura personal que adopte cada ser humano ante tanto desajuste emocional, tanta violencia, tanta arbitrariedad e injusticia, dependerá nada menos que la supervivencia de la especie humana, y por ende, de su civilización.
Con mucho humor negro lo expresó Albert Einstein, Premio Nobel de Física, cuando planteó, hace más de setenta años, que si todos los hombres y mujeres de este planeta no hacíamos un gran esfuerzo en cambiar ciertas conductas y actitudes donde prima y reina la agresión, la próxima guerra la pelearíamos con... garrotes (siempre y cuando alguien sobreviva).
En este sentido, uno se ve tentado a coincidir con ciertos pensadores, cuando plantean, que en lugar de considerar la posibilidad de que el hombre haya sido creado a imagen y semejanza de Dios, lo que hay que reconocer es que el ser humano, como la criatura más inteligente y poderosa que jamás haya pisado la tierra, no ha sido nunca capaz de “crear un dios que sea superior a él mismo”: muchos de los dioses –actuales y pasados– invocados por los seres humanos, muestran la volubilidad, la moral, el desprecio y las malas costumbres de un verdadero niño malcriado y vengativo.
De acuerdo con el psicólogo y educador, Dr. Lawrence LeShan, sin importar la tensión y la destrucción que la amenaza de guerra –paradójicamente– prometa eliminar, este flagelo se hace presente “en casi todas las culturas y en todos los estratos socioeconómicos, políticos e intelectuales de cada cultura. Nos enfrentamos con una tensión humana fundamental”. LeShan refuerza esta última idea, destacando el carácter “específicamente humano de esta peligrosa tensión”.
De ahí la necesidad de que la clase política y gobernante de cada nación hagan, alguna vez, un serio mea culpa y “sean capaces de reconocer su directa responsabilidad en todas y cada una de las guerras fratricidas que han iniciado en el transcurso de la historia”, ya que son ellos, quienes –generalmente, sin el consentimiento de los ciudadanos que dicen representar– se embarcan en guerras donde sobran la maldad, la injusticia, la mentira, la manipulación y la carnicería humana, faltando claramente el sentido común, la bondad, la justicia y el respeto por el otro.
Fuente información: flotitoc@gmail.com
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