El accidente del reactor nuclear de Chernóbil, en la URSS, hace 40 años, representa el mayor desastre de su tipo en la historia y generó un punto de inflexión sobre el uso de la energía nuclear en Europa que aún perdura.
La catástrofe ha marcado la percepción social, así como las políticas públicas energéticas del viejo continente, por cuatro décadas, transformando la gobernanza nuclear a nivel internacional e impulsando el abandono institucional de esta tecnología.
Sin embargo, la crisis energética global y la inteligencia artificial podrían reconfigurar la estrategia energética nuclear de Europa.
Todo ocurrió el 26 de abril de 1986. El peor accidente nuclear de la historia tuvo lugar como resultado de fallos en el diseño y la operación de los reactores. En realidad, fue una combinación de fallos humanos, diseño defectuoso del reactor RBMK y la desactivación de sistemas de seguridad que provocaron una enorme explosión que expulsó grandes cantidades de material radiactivo a la atmósfera, varias veces superior a las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki.
El impacto humano, político y ambiental
Las consecuencias fueron catastróficas: cientos de personas muertas (31 de ellas fallecieron en el momento) o afectadas por la radiación, a la que estuvieron expuestas más de ocho millones de personas en Ucrania y en otros países.
Instituciones como la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Organización Mundial de la Salud (OMS) o el Organismo Internacional de Energía Atómica (OEIA) debaten la suma de fatalidades, que podrían alcanzar los 100 000 muertos. Se calcula que ha habido entre 9 000 y 3 000 muertes causadas por cáncer y anomalías congénitas en las regiones afectadas del norte y este de Europa (Bielorrusia, Ucrania, Rusia, Alemania y Reino Unido).
La nuble tóxica radiactiva alcanzó el 40 % de Europa. Materiales radiactivos como el cesio-137 siguen presentes en el medioambiente, cerca de medio siglo después, según el Comité Científico de las Naciones Unidas sobre los Efectos de la Radiación Atómica. El evento destruyó el llamado “bosque rojo”, con una mortalidad masiva de flora y fauna.
El pánico generalizado
Podemos señalar que el impacto de Chernóbil fue multidimensional. Más allá de la tragedia humana y ambiental, el desastre redefinió la estrategia energética de Europa por cuatro décadas. Esta incluía el abandono paulatino de las energías nucleares como resultado del pánico generalizado a los riesgos del accidente radiactivo.
La pésima política de gestión de las crisis por parte de la Unión Soviética disparó un miedo generalizado en la población de Europa que resuena en los grupos ecologistas, políticos y representantes de la UE. Fue tal su impacto social que pese a la altísima dependencia energética del Viejo Continente, la capacidad instalada se ha venido desmantelando desde la tragedia.
El proceso de desmantelamiento de la energía nuclear ha pasado por varias etapas. Desde una creciente legitimidad y cuestionamiento a finales de los 80 a un abandono por parte de Alemania del modelo en los 90. La preocupación por el cambio climático y la seguridad ambiental de los 2000, aunada al incidente de la central de Fukushima (Japón), terminaron de condenar a la energía nuclear al ostracismo.
Países como Italia y Suiza se sumaron al rechazo nuclear, mientras que Francia, Reino Unido y Europa del Este mantuvieron o han expandido sus capacidades.
Europa enfrentará en los próximos años una demanda de generación eléctrica que no alcanza para la nueva etapa de desarrollo tecnológico. Sobre todo, para impulsar la digitalización y la inteligencia artificial, dos áreas estratégicas para el futuro desarrollo. El informe Draghi sobre la competitividad de la Unión Europea (UE) destaca esa necesidad. El Viejo Continente está inmerso en una transición energética, sustentada en las energías renovables que buscan en el fondo la soberanía energética, pero que avanza lenta frente a las disrupciones tecnológicas.
El ecosistema energético y la inestabilidad geopolítica global
Los mercados energéticos son altamente volátiles y vulnerables a los conflictos geopolíticos. Testimonio de ello son los efectos en el suministro y precio de los hidrocarburos después de la invasión de Ucrania en el 2022, y recientemente con el conflicto en medio oriente. Estos eventos han causado importantes disrupciones en el mercado de gas natural y petróleo.
Estas variables han puesto de manifiesto la fragilidad del ecosistema energético y la vulnerabilidad europea por su alta dependencia de las energías fósiles externas.
Múltiples voces llaman a repensar la estrategia energética europea en el mediano plazo, a no esperar a nuevas tecnología que mejoren la producción, intermitencia y almacenamiento de las energías renovables; a no cerrar la puerta a la siempre constante energía nuclear.
Muchos tabúes se construyeron hace cuatro décadas sobre los riesgos y gestión de las plantas nucleares. Hoy representan una alternativa viable para mantener a Europa en la competencia tecnológica global. La estrategia fue desconectarlas, en lugar de mejorar su desempeño y gestión. Es necesaria una revalorización estratégica de la producción nuclear de electricidad.
Cuatro décadas después, el desastre de Chernóbil sigue influyendo tanto en la percepción pública como en la formulación de políticas relacionadas con el uso de la energía nuclear y la autosuficiencia estratégica de Europa. La alta dependencia energética sigue condicionando la competitividad de la UE.
En el contexto del 40 aniversario del accidente adquiere renovada relevancia repensar la alternativa nuclear.![]()
Armando Jiménez San Vicente, Profesor del Grado en Relaciones Internacionales, Universidad Francisco de Vitoria
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
