"Lo que los niños chilenos ya saben y nosotros tardamos en escuchar"

Florencia Pérez
Por Florencia Pérez, Co fundadora y Directora de Sostenibilidad Fundación Brotario.

El Diagnóstico de la Defensoría de la Niñez 2026 tiene algo que no es habitual en los informes públicos. Antes de mostrar los datos, le preguntó a los propios niños, niñas y adolescentes cuáles derechos sentían menos respetados. La respuesta que más se repitió no fue la salud ni la educación ni la seguridad. Fue el derecho a un medioambiente sano. El 36,2% lo mencionó entre los tres derechos menos respetados en Chile, por encima de todo lo demás.

Es un dato que merece más atención de la que ha recibido, porque detrás de esa respuesta hay algo más que una preocupación ambiental. Hay una generación que siente que el mundo físico en que vive no está bien, que sus barrios se contaminan, que el entorno al que debería tener acceso le es cada vez más ajeno o inseguro. El 31,7% se siente inseguro caminando solo por las calles cercanas a su casa o colegio. Y el tiempo que pasan en la naturaleza, mientras tanto, llega apenas a diez minutos al día.

Los demás números del informe tampoco son más tranquilizadores. En solo cinco años, la inactividad física infantil pasó de 48% a 70%. Uno de cada seis estudiantes se sintió solo casi todos los días durante la última semana. Un tercio siente que es un fracaso o que no es bueno en nada. La satisfacción con el bienestar emocional cayó sostenidamente entre 2016 y 2024. No son cifras que describen una crisis puntual, sino una tendencia que lleva años instalándose en silencio.

El informe también documentó algo que muchos en educación saben, pero pocas veces se dice con esta claridad. El modelo escolar chileno está cuestionado desde adentro. El panel de expertas que participó del diagnóstico identificó un sistema centrado en aprendizajes formales sin apoyo emocional real, sin espacios de encuentro comunitario, con docentes que no siempre tienen las herramientas para leer el contexto cultural de sus estudiantes y con familias que participan poco del proceso educativo. Casi uno de cada tres estudiantes tiene inasistencia grave.

Eso es lo que el informe muestra y hay que mirarlo de frente, sin suavizarlo.

Pero hay otra lectura posible, que no contradice la anterior sino que la completa. Si los propios niños y adolescentes son capaces de nombrar con precisión lo que les falta, también son capaces de reconocer lo que los nutre. Y lo que el diagnóstico deja ver entre líneas es que los entornos que combinan naturaleza, comunidad, vínculo real y presencia adulta siguen siendo profundamente significativos para ellos, precisamente porque escasean.

Ahí es donde la sociedad civil, el mundo privado y el Estado tienen algo concreto que hacer, no como gesto simbólico sino como política sostenida y articulada. Crear y proteger esos entornos. Invertir en escuelas con espacios al aire libre. Apoyar programas que devuelvan a los niños el contacto con el mundo natural y con otros. Entender que el bienestar de la infancia no es un tema sectorial sino una decisión que atraviesa presupuestos, diseño urbano, currículum y cultura institucional.

El diagnóstico existe porque alguien decidió escuchar. Lo que sigue depende de si estamos dispuestos a responder.


Fuente información: consuelomontero@brotario.cl
Siguiente Anterior
*****