¿Es verdad que beben menos alcohol los adolescentes de hoy?

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Joaquín Rodríguez-Ruiz, Universidad de Huelva y Raquel Espejo Siles, Universidad de Córdoba

“¡Por el alcohol, causa y a la vez solución de todos los problemas de la vida!” Esta frase, pronunciada por Homer Simpson para proponer un brindis, simboliza la cultura del alcohol en que viven muchas sociedades humanas.

El consumo de alcohol se ha asociado con rituales y celebraciones desde tiempos remotos, y sigue siendo así a día de hoy. Sirvan como ejemplo las reuniones masivas de personas para ver el reciente Mundial de fútbol masculino y las posteriores celebraciones, en las que rara vez ha faltado el alcohol.

De hecho, parece que el consumo de alcohol es una especie de hito evolutivo, tal y como puede deducirse de los datos sobre la edad de inicio en el consumo de alcohol. Desde finales del siglo XX, en que la edad media del primer contacto con el alcohol era de 13.8 años, hasta hoy en día en que se sitúa a los 13.9 años, la edad de inicio nunca ha sido inferior a 13.6 años ni superior a 14. ¿Por qué?

Adolescencia y alcohol

El inicio del consumo de alcohol a esta edad es un fenómeno multicausal, aunque hay dos factores que explican buena parte de este fenómeno. Por un lado, a nivel neuropsicológico, la adolescencia supone una época de profundos cambios y reestructuración que nos hace más propensos a la búsqueda de nuevas sensaciones y a la asunción de riesgos.

En el plano psicosocial, los adolescentes tienen una mayor tendencia a romper normas establecidas y son enormemente influenciables por sus grupos de iguales, contexto en el que se suele desarrollar el consumo de alcohol.

Jóvenes abstemios

Sin embargo, datos recientes indican que cada vez son menos los jóvenes que beben alcohol: tan solo una cuarta parte de la población adolescente se declaraba no bebedora en 2012, frente a prácticamente la mitad en la actualidad.

Además, este aumento de abstemios se ha dado de manera gradual y estable, lo cual hace presagiar que no se producirá un efecto pendular típico de los cambios de tendencia abruptos.

La otra cara de la estadística

Estas encuestas aportan otro dato mucho más preocupante: el porcentaje de adolescentes que bebe alcohol a diario se ha incrementado en más del doble desde 2019 hasta 2025. Es decir, se está ampliando la brecha entre quienes no beben (que cada vez son más) y quienes beben frecuentemente (que también son cada vez más).

Y esto tiene consecuencias graves porque, aunque la Organización Mundial de la Salud afirma que ninguna cantidad de alcohol es segura, no todos los tipos de consumo son igualmente perjudiciales. El abuso y consumo frecuente de alcohol es más nocivo y conlleva peores consecuencias a distintos niveles. Por un lado, debilita el sistema inmune y afecta al funcionamiento cerebral, hepático y cardíaco. Y simultáneamente, impacta negativamente en el plano emocional, aumentando la probabilidad de sufrir depresión o ansiedad, y en el funcionamiento social, incrementando los conflictos familiares y con las amistades, así como los problemas laborales. Por tanto, la prevención efectiva del consumo de alcohol debe seguir siendo una prioridad sanitaria y social.

Prevención del abuso del alcohol

Frente a la intervención en problemas ya existentes, las estrategias de prevención primaria y universal tienen un papel clave. Teniendo en cuenta que los adolescentes pasan prácticamente una cuarta parte del tiempo en el instituto, los centros escolares son el contexto idóneo para desarrollar estrategias de prevención, pues pueden abarcar a una cantidad considerable de adolescentes sin coste alguno para los jóvenes.

¿Son útiles estas intervenciones? Numerosos estudios han identificado qué componentes hacen a los programas escolares de prevención realmente efectivos para reducir el consumo de sustancias. La educación para la salud parece ser un elemento clave para prevenir el consumo a todas las edades, especialmente si se hace desde edades tempranas. Específicamente, la promoción de alternativas saludables ha demostrado tener gran éxito en la reducción del consumo de alcohol, sobre todo en contextos que carecen de variedad de oportunidades de ocio.

La idea subyacente es lógica: si la juventud está ocupada en ciertas actividades, no podrá dedicar ese tiempo a consumir.

Entender las consecuencias

Por otro lado, existe cierto consenso en que las estrategias escolares de prevención basadas en la información (en forma, a menudo, de charlas) no ayudan a reducir el consumo. De hecho, cualquiera que haya tenido la oportunidad de hablar sobre alcohol u otras sustancias delante de un grupo de adolescentes habrá podido comprobar cierta tendencia a que banalicen el tema y consigamos el efecto contrario al esperado.

Pero cuando en estas charlas se ponen ejemplos concretos de los riesgos del consumo, la actitud de los adolescentes suele cambiar. A medida que comienzan a ser conscientes de las consecuencias reales, sobre todo los efectos que el alcohol tiene sobre el cerebro y sobre sus capacidades cognitivas a medio y largo plazo, el impacto es mayor.

De hecho, un estudio reciente ha demostrado que, efectivamente, las estrategias de prevención basadas en la información son útiles para reducir el consumo de alcohol siempre y cuando consigan aumentar la percepción de riesgo de los adolescentes.

En definitiva, la prevención efectiva del consumo de alcohol y sus consecuencias pasa por la democratización de las estrategias de prevención, es decir, que lleguen a todos los sectores de la población. Estas estrategias deben fomentar la concienciación real acerca de los riesgos del consumo de alcohol y promover alternativas saludables.The Conversation

Joaquín Rodríguez-Ruiz, Profesor Ayudante Doctor en el Departamento de Psicología Social, Evolutiva y de la Educación, Universidad de Huelva y Raquel Espejo Siles, Profesora Ayudante Doctora en el área de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico, Universidad de Córdoba

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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