La Patria somos todos

Waldo L. Parra
Por Waldo L. Parra - Autor de Masones&Libertadores, y de Código Secreto.

Cuando don Mateo de Toro caminó aquella mañana del 18 de septiembre de 1810, desde su domicilio, conocido desde esa época como La Casa Colorada, por el color de sus paredes, hasta los Tribunales del Consulado –es muy sintomático que la administración española tuviera tribunales comerciales y nosotros, en nuestro ordenamiento jurídico, no-, sabía que estaba dando pasos que serían históricos.

Sin embargo, más allá de las típicas polémicas de cuando, efectivamente, deberíamos celebrar el día de nuestra independencia, es evidente que el 18 de septiembre de 1810, los criollos, organizados meses antes para ese solemne acto de apoyo al rey don Fernando, estaban por tomar una decisión que sería fundamental para la creación del futuro país, pues su decisión no era otra que la de querer gobernarse por sí mismos. Aquél día comenzó todo, y en eso, no nos equivoquemos, todo podemos y debemos estar de acuerdo.

En efecto, a partir de la formación de la Primera Junta de Gobierno, que no era sino un gobierno colectivo al amparo de la propia legislación española, que consideraba esa posibilidad, el camino quedó abierto para quienes querían, con mayor o menor determinación, llevar adelante este proceso.

Un proceso que no fue un hecho aislado, unívoco o excepcional. En efecto, la entrega del poder político por parte de Carlos IV a su amigo el emperador francés Napoleón Bonaparte fue el pretexto perfecto para que se constituyeran juntas gubernativas en distintas partes de la América Hispana. Chile, en ese sentido, fue uno más.

Lo inusual fue el doble estándar con que Gran Bretaña actuó con su aliada España, apoyándola contra los invasores franceses en la península; pero, ayudando a configurar una estrategia que buscaba, más temprano que tarde, hacer caer el poder del imperio español en América. Lo inusitado fue enviar a un emisario, un agente anglófilo, un espía inglés, como lo fue José de San Martín, para lograr que estos territorios quedaran supeditados a la corona británica, tal como, efectivamente, sucedió.

Pensemos en quien terminó gobernando Chile después de la Batalla de Maipú, acordémonos de donde vino el dinero del primer empréstito que obtuvo Chile, de donde llegaron los fondos para el primer banco financiero instalado en nuestro país, cuál fue la verdadera razón de la Guerra del Pacífico, como se administraron los territorios en la Patagonia, etc.

Por eso, debemos acordarnos de quienes fueron los primeros en querer un país independiente, debemos recordar a Martínez de Rozas, a Infante, y por supuesto a don Mateo de Toro.

Pero por sobre todo, debemos recordar todos los días, y este en particular, a quienes soñaron un Chile libre, desapegado de influencias extranjeras, alejado de la subordinación económica. Un Chile con instituciones públicas honorables, con ciudadanos ilustres que aspiraban a dar lo mejor de sí por la causa de la Patria. Gente con vocación de servicio público. Un Chile con emprendedores y no con depredadores. Un Chile donde cabían todos. Un Chile formado por inmigrantes y por nativos. Un Chile de hombre y mujeres. Un Chile donde el nombre de Carrera y Rodríguez sea objeto de orgullo; agradecidos por sus servicios y compadecidos por sus desgracias. Porque la Patria no es solo de los vencedores. Porque la Patria somos todos.

Fuente de la información: Cristian Sotelo - Pulso Cultural