Escribimos para sustentar la memoria

Marlene Bohle, poetisa y docente puertomontina
Por Marlene Bohle, poetisa y docente puertomontina.

Al día siguiente que salí de Europa, sanitizaron por primera vez el aeropuerto de Barajas. Ya en Santiago, alguna persona con la que hacíamos fila para recuperar las maletas desde la correa transportadora, me comentó acerca del virus y de la desdichada situación que se vivía en China y de cómo Italia, el norte en específico, parecía estar sucumbiendo al bicho. Pensé, en buena hora no acepté quedarme en España para otra interesante visita a la Universidad de Málaga, donde trabaja la experta en Fraseología, Gloria Corpas Pastor.

Junto con abrazar a los míos, no dejé de pensar en este extraño resfrío que me traje desde allá. Entonces, me aboqué a verificar los síntomas; no había temperatura ni dolor de cabeza. Mis músculos funcionaban sin novedad y el cansancio era nada más, el costo de haber realizado tantas acciones en tantos lugares, haber hablado tanto y sufrido tanto en los andenes y aeropuertos. Esto último, debido a lo poco ejecutiva y lerda que soy, en estos quehaceres.

Con el tranco de los días y corroborando aquello que siempre he pensado y escrito "se es el mismo en el cualquier lugar del mundo", me aboqué a las urgencias que se habían estado acumulando en mis espacios en tanto yo estaba ausente.

Como no acostumbro ver televisión abierta y estaba muy agotada para tales afanes, me enteré a cabalidad del asunto, cuando ya se hablaba de "pandemia", según definición de la OMS. Para desdicha mía y más que todo por las múltiples lecturas que he realizado en mi vida y por alguna película que debo haber visto alguna vez, ya sabía lo que esa palabra significaba. El universo habitado estaba bajo el paraguas de un peligro vital, que esta vez, venía de la mano de un virus medido en nanómetros, lo que significa que ni siquiera puede verse a ojo descubierto y cuya única gracia tal vez esté en su protección de grasa, lo que le permite asirse a una superficie, tanto como a un huésped dispuesto a recibirlo o simplemente, cazado en descubierto y a mansalva.

Aunque, y tratando de mantener cierto grado de objetividad, hay que anotar que el virus es bello de observar. De perfecta y armónica figura y colorido fastuoso, este integrante de la familia zoonótica – es decir, que se propaga desde animales hacia los seres humanos – hizo su triunfal aparición en Wuhan, una ciudad importante de China, cuyo mercado, ahora es mundialmente conocido por sus excentricidades y particularidades culturales y gastronómicas. De tal forma, hemos sido capaces de constatar esas lúgubres historias que nos llegaban cada tanto, acerca de cómo se engullen animales vivos aún, pájaros extraños, peces con cabeza, alimentos en descampado y en estado poco atrayente para los occidentales, por lo menos.

Y, entonces tuve que tornar a la tv abierta y comencé a enfermar. Autoridades que de manera errática trataban de conectar con las personas e informaban de medidas. Médicos, que se han hecho conocidos por sus extensas apariciones en pantalla, convirtiéndonos en expertos en "curvas". Alcaldes y políticos de monta cuestionable, como rostros visibles y opinantes en asuntos que les son atingentes y otros sobre los que apenas esbozaban alguna idea. Pseudo autoridades que se atribuyen vocerías más políticas que profesionales. Integrantes de la mal llamada "primera línea", amenazando con salir a quemar, saquear y destruir, apenas acabada la "guerra viral". Reiteración de carteles donde se lee “Agotado el alcohol gel y las mascarillas”. Gente desbocada que arrasa con los víveres y especialmente con el papel higiénico en las estanterías de los supermercados. Personas despedidas de sus trabajos porque sus empleadores no pudieron más con dos pandemias al hilo: los desórdenes y destrucción del “estallido social” y ahora, la pandemia viral.

Las imágenes de habitantes del “primer país” paseando por playas y balnearios, haciendo caso omiso a las recomendaciones de las autoridades de salud. Otros, que no quisieron dar pie atrás en sus viajes programados a islas turísticas y hoy esperan (aunque más bien, exigen, después de su inconciencia y soberbia) que el Gobierno les provea aviones de regreso. Algún joven imbécil con corazón más negro que ala de jote, estornudando en el rostro de una enfermera que lo atendía, por supuesto contagio. Los precios disparados, contradiciendo lo que señala la economía (desde los libros, por supuesto) que "a mayor demanda, los precios deberían bajar….". Militares a la calle, única manera que encuentra la autoridad para lograr que una parte de la ciudadanía acate el guardarse para mejores días, desatando el encarnecido y antiguo odio de tantos. Llamados a cuidar a los más viejos (aunque podamos leer que una mujer mayor señala que hay demasiada población longeva y ello es un peligro para las economías mundiales).



Y, henos aquí, recluidos en nuestras casas, con la posibilidad de salir una vez por semana, siempre que sea estrictamente necesario y evitando lugares con aglomeración de personas. Aquí, con los dedos gastados de tanto cloro gel y ya agotados los paños amarillos y trapeadores.

Aquí, pensando en qué comer cada 120 minutos, a pesar de estar consciente de que tenemos en el cuerpo mucha más grasa que todos los virus reunidos en asamblea universal. Aquí, frente a la pantalla de nuestro amado computador, revisando esos escritos que permanecen en desorden en distintas carpetas, pensando que – si sobrevivimos al bicharraco éste – estarán contenidos en ese futuro libro que habita en nuestra cabeza. Aquí, sacando cuentas desde nuestra pensión de jubilados para atender los llamados gastos básicos y algo de comida e implementos de aseo para los próximos días y meses; en especial cuando oímos que el peak del problema estará en al menos 50 días y en la certeza que el invierno nos hace guiños a corta distancia. Murmurando el Padre Nuestro y el Ave María, varias veces al día e intentando seguir el Rosario cada noche, aunque caigamos dormidos apenas contados un par de cuentas del rosario, traído desde Fátima, en Portugal y hasta bendecido.

Henos aquí, tan vulnerables como una hoja otoñal, arrastrada por la ciudad en un mal día de invierno sureño. Alejados de nuestros afectos más verdaderos; invisibles nosotros también a quienes les importamos. Solos, extrañamente solos. Silenciosos; extrañamente silentes. Atentos, como nunca estuvimos, del celular y las rr.ss (redes sociales): tal vez, alguien llama, quizás alguien escriba algo importante; es posible que alguien nos necesite. Esto, a pesar de lo agotador que resulta pantallear y ser huésped de tanta virulencia en las personas, tanto complejo de sabedores médicos y epidemiológicos, tanto mensaje apocalíptico, tanto vídeo informando del manejo de esta guerra bacteriológica por manos y gobiernos demoníacos, tanta declaración tristemente oscura de personas envanecidas en sus egos, constatar que son tantos los que nunca estuvieron por hacer de este país y su gente, uno solo; sino que su afán primero y último es dividir y dividir (Maquiavelo puede reír a muelas peladas).

Agotada de tanto disparo en negativa, opto por "ver" el celular una sola vez al día. Lo positivo de esto, es que ha dejado de molestarme el brazo izquierdo y no era nada que tuviera que ver con el trabajo y el computador. Debo decir, que estos mensajes odiosos me agotan más que las cadenas de oración, porque éstas últimas, tienen el bello y necesario componente del amor. Debo agradecer – sin embargo - los chistes virtuales; algunos simplemente geniales y que logran distender los momentos.

Lo positivo de esta cuarentena, es que he leído como en mis días de estudiante. Me he dado en el hacer de fabricar galletas para mi nietecita Monserrat, poniendo sobre ellas cobertura colorida y aditamentos como estrellas, corazones, diminutas pepitas de colores y medias lunas orondas. Me he contactado con ella, a través de video, recibiendo de sus cortos 3 añitos, una conferencia sobre el virus y sus implicancias en la salud, su clase de lavado quirúrgico de manos y he estado resguardada por la consideración y afecto de mi hija Carolina, mi anciano padre, mis hermanos, mis sobrinos y amigos y amigas.

Entretanto espero por días mejores, preparo nuevas plantas para mi jardín y los jardines de mis hermanos, abono y riego a las más sedientas y de aspecto alicaído. He iniciado guerrilla de limpieza en el frontis y espaldas de mi casa, agua y cloro preservan mis pisos, muebles y repisas. He agotado mi provisión de frascos y envases con mermeladas de frutilla, arándanos, frambuesas y moras (murras, para mí). He concluido de lavar cobertores, frazadas, cortinas y cojines; aunque esto sea de cada otoño, a mediados del mes tercero, ya estaba terminada.

Conjuntamente con todo aquello, he debido repasar las más de 300 páginas del libro sobre Locuciones, Frases proverbiales, Refranes, Dialoguísmos, Welerismos y demases, que debe ser editado a la brevedad para cumplir con los plazos otorgados para la finalización del Proyecto del Fondo Nacional del Libro y la Lectura 2019. También, urdir el tejido de un trabajo poético que podría constituirse en un probable libro (esto si la pandemia nos lo permite y podemos hallar los recursos financieros).

Escribo todo esto como un ejercicio y como de un tiempo impensado, oscuro y acervo. Si sobrevivo, servirá para recordar cómo viví esta peligrosa situación, porque ya sabemos de la fragilidad de la memoria, la que se acrecienta por la información que entregan las cédulas de identidad, sobre el tiempo que hemos andado sobre la costra de la tierra.

Paciencia, templanza, voluntad, amor, empatía, consideración y respeto, son hoy, las palabras que más admiro y anhelo vivan en cada ser humano. Desde esta trinchera de paz, les abrazo desde el afecto y pido al Padre, que nos posibilite darnos ese abrazo que nos quedamos adeudando…

Fuente de la información: Gabriela Quintana Rüedlinger - Universidad Austral de Chile