El rechazo a los pobres

Bernardo Candia Henríquez
Por Bernardo Candia Henríquez

“No os olvides de la hospitalidad: Gracias a ella hospedaron algunos, sin saberlo, a Ángeles” (San Pablo dirigido a los hebreos).

Quiero compartir con el público una reflexión sobre una palabra recientemente acuñada en la Real Academia Española, la palabra en cuestión es Aporofobia, cuyo significado corresponde al rechazo o aversión al pobre. El que aparentemente no tiene nada que entregar en esta sociedad construida sobre el contrato político, económico y social.

En este mundo globalizado el éxodo de los inmigrantes económicos y de los refugiados políticos es uno de los mayores desafíos a los que nos enfrentamos en la actualidad en todo el planeta.

El flujo de inmigrantes económicos, que abandonan su país de origen buscando un trabajo o una mejor vida, se ha incrementado exponencialmente debido a las condiciones de miseria con que se encuentran sobre todo en los países de África y América Latina en general y Centroamérica. Muchos de estos inmigrantes también van a Europa y Norteamérica buscando mejores horizontes. En Europa, las críticas a Ángela Merkel de parte de los socialdemócratas, el rechazo de Cameron en su momento, el increíble ascenso del frente Nacional en Francia o el incremento del populismo de derecha en Austria, Hungría y Polonia, son síntomas de un claro debilitamiento de la supuesta (¿histórica?) solidaridad europea.

El egoísmo inhumano es el que prima. Donald Trump construye un muro para impedir el ingreso de mexicanos y centroamericanos. Lo que a la élite norteamericana le molesta y por ello se construye el muro, no son los centroamericanos ricos, ni los empresarios mexicanos, sino los pobres, es molesta el ingreso de los inmigrantes pobres, indocumentados y analfabetos, pero no de los ricos.

Otro ejemplo. Antes de la pandemia, los españoles, recibían 80 millones de turistas y eran felices porque les dejaban divisas tanto para el sector privado como para las arcas fiscales. Pero siempre les ha molestado el ingreso de africanos tales como argelinos, cameruneses o marroquíes, entre otros tercermundistas que llegan como refugiados de guerra, políticos o buscando un mejor futuro. Pero hay un proceso histórico, la construcción de esa sociedad cosmopolita, en verdad, tiene su raíz en el sueño de los griegos estoicos, que se saben a la vez ciudadanos de su país y ciudadanos del mundo. Esta tendencia, luego, pasa por el cristianismo, se cristaliza en la Ilustración, y es uno de los grandes retos de nuestros tiempos. En Chile la situación con los inmigrantes no es tan distinta mejor. Si somos honesto y no hipócritas, tendremos que reconocer que a muchos les molesta la llegada de haitianos, por dos razones principalmente. Primero, porque provienen de un país pobre. En segundo lugar, por el color de su piel. No nos molestan los venezolanos o colombianos. Pero si nos molesta su pobreza. ¿Dónde quedó ese país hospitalario?

Esto me recuerda un hecho que sucedió el 6 de noviembre del 2004 con la ley 19.979, que modifica el régimen de jornada Escolar completa Diurna. En ese cuerpo legal en el Artículo 6° se establecía que, “…al menos un 15% de los alumnos de los establecimientos de los colegios particulares subvencionados debería pertenecer al 40% más vulnerables de la población”. Lo que subyace tras esta afirmación es que los sostenedores de esos colegios rechazaban a los pobres, porque simplemente les molestaba la presencia de ellos en los colegios.

A propósito, la derecha chilena recurrió al Tribunal Constitucional que consideró inconstitucional el referido Artículo 6°, pero a que parecía un proyecto adecuado, pues permitía la integración a un sistema tan segregador como el nuestro.

Pero, qué es lo que puede estar detrás de todas estas maniobras políticas. Según Adela Cortina, es algo que se llama “Aporofobia”. Es decir, el rechazo al pobre. En un mundo construido sobre el contrato político, económico y social, los pobres parecen quebrar el juego de dar y recibir. Por eso prospera la tendencia a excluirlos. Es el pobre el que molesta. Incluso el pobre de la propia familia.


La aporofobia, hay que decirlo claramente, es un atentado diario contra la dignidad y el bienestar de las personas. Y contra la democracia. De hecho, lo que pasó en el 2004, con la referida ley 19.979 es que todos los colegios particulares subvencionados se negaron y recurrieron a esa derecha “recalcitrante” siempre dispuesta a defender los intereses de los poderosos, del burgués achanchado, adoradores del Buda del dinero.

La ideología de la hipocresía es la que prevalece con una visión deformada de la realidad, que permite al grupo bien situado, fortalecer esa supuesta “superioridad estructural” y todavía, que se obliga a mantener la identidad subordinada de las víctimas.

A mi juicio, es fundamental, fortalecer el camino para superar los delitos y los discursos del odio, del racismo, de la intolerancia. Con esto se permite la construcción de la igualdad que debe implementarse desde la educación formal e informal y desde la conformación de instituciones políticas y económicas que se enfoquen en la acción concreta del día, tratando de erradicar la pobreza, reduciendo las desigualdades y cultivando un sentimiento colectivo de dignidad para toda la sociedad

La pobreza es carencia de los medios necesarios para sobrevivir. Pero no solo eso. El economista, Amartya Sen, señala que, “la pobreza es la falta de libertad y la imposibilidad de llevar acabo los planes de vida que toda persona valora para construir su propio proyecto”. Todo esto se traduce en el verdadero drama de la pobreza extrema, el hambre y la indefensión de los vulnerables, de los millones de muertes prematuras y de enfermedades sin atención.

En Chile tenemos 2 millones de pobres de acuerdo con la encuesta CASEN por ingreso. Este debe ser nuestro primer objetivo de política pública. Educar para nuestro tiempo, exige formar ciudadanos respetuosos y compasivos, capaces de asumir la perspectiva de los que sufren, pero sobre todo de comprometerse con ellos.

Por eso, el filósofo Emanuel Levinas llega a decir que, “El hombre es ante todo ser con los demás, con otros con los que se relaciona y ante los que tiene responsabilidad, la responsabilidad por el otro es la estructura misma que le construye como sujeto, lo que lo hace ser humano”. En efecto, la ética de la corresponsabilidad, exige gestionar las condiciones jurídicas y políticas actuales desde el reconocimiento compasivo, orientado a la construcción de una sociedad cosmopolita y sin exclusiones.

Comunicado de Prensa / Fuente: Wilson González