Columna: La Mentira

La mentira
Por Myriam O., artista multidisciplinaria.

Mentira, engaño, falsedad, embuste, patraña, falacia, farsa, cuento, chamullo, falsía. Y propaganda, palabra derivada del latín propagare, utilizada por primera vez en el s. XVIII. Hoy en día, propaganda es sinónimo de información, ideas o rumores —no estrictamente veraces— esparcidos de forma intencional, con objeto de fortalecer una causa o dañar otra y para perjudicar a personas o instituciones al extender dicha información. Son datos sesgados que se entregan con intención de persuadir a otros de algo en particular.

Y siento que vivimos en un mar de mentiras y supuestos engañosos, de calumnias y farsas. Los ejemplos son incontables y van desde asuntos sin mayor trascendencia hasta otros capaces de definir el futuro de la humanidad, para bien o para mal. Pero la cuestión pasa por, si somos o no, capaces de identificar lo verdadero de lo falso, usando nuestro pensamiento crítico. Aunque parece obvio, no es algo tan sencillo para aquellos esclavos de una ideología o de creencias que imposibilitan un razonamiento libre de sesgos.

Los casos menos dañinos se dan en el ámbito publicitario. Como los llamados productos 100% naturales que en realidad no lo son, porque tienen ingredientes artificiales o inexistentes en la definición misma del producto. El yogurt, por ejemplo, es leche más cultivos de fermentación. No caben en él ni colorantes, ni espesantes vegetales o animales. Por definición, tampoco es de origen vegetal. Por consiguiente, un “yogurt” vegetal, ¿no debería llevar un nombre distinto?

Otro ejemplo, pero menos divertido, es que durante decenas de años han tratado de convencer a los dueños de autos particulares en Santiago, de que sus vehículos son los causantes del smog. Sin embargo, durante la prolongada cuarentena en 2020, pudimos observar que esa nube oscura continuó flotando sobre la capital. Ergo, parece que no es 100% veraz tal afirmación.

Y a propósito de cuarentenas, es puro cuento que sea mejor quedarnos en casa. Por el contrario, sin desconocer la importancia de las medidas de prevención al enfrentar el COVID-19 (o cualquier otro virus), si sumamos la cesantía y el evidente detrimento económico a los diversos efectos colaterales perjudiciales para la salud física y mental que ha causado el realizar todas nuestras actividades desde el hogar, es peor el remedio que la enfermedad. En todos los países se ha registrado una falta de atención de enfermedades crónicas y han aumentado los síndromes psicopatológicos de todo tipo, la depresión, ansiedad, violencia intrafamiliar, las ideas suicidas, irritabilidad, ingesta excesiva de alcohol y, por añadidura, la pérdida de habilidades sociales en niños y adultos mayores —por nombrar algunas consecuencias nefastas del encierro obligatorio. No voy a hablar de mascarillas 24/7 y vacunas, porque dependiendo del tipo de las primeras el CO2 abunda, y las últimas no son garantía de nada.

Otra falacia, propagada por ciertas corrientes políticas y de la cual intentaron convencernos durante años, es que las AFP “roban” el dinero a los cotizantes. Y me pregunto, independiente de cuán deseable sea mejorar el sistema, ¿no son millones los chilenos que han retirado su 10% en dos ocasiones ya? Esto demuestra que los dueños de los ahorros previsionales somos los titulares y nadie más. Hasta el momento. Pues sucede que un parlamentario cuyo nombre no recuerdo pero rima con “barro”, amenazó el año pasado con requisarlos.

Por otro lado, hace unos días, una señora apellidada Pérez que es presidenta de un partido político, justificó y avaló a viva voz y en todos los medios la quema del país. Sí, incendiar Chile, como arma y síntoma de una frustración, más que ciudadana, criminal y demencial.

Estimado lector, ¿cree usted que algo así solucionaría los problemas de los chilenos? ¿Qué más falso que eso?

Por la misma razón, que su ideología política se apropie de “la justicia” y “la equidad” como cualidades exclusivas, es un embuste histórico. A pesar de ello, insisten en proseguir con la estrategia de mentir una y otra vez, aprovechando que los incautos y gentes más sencillas creen fácilmente en palabras y promesas emitidas por sus aparatos de propaganda. O en su defecto, el truco yace en repetir la falsía tantas veces como sea necesario, hasta lograr imponer una verdad que no es tal.

Dicho lo anterior, es fácil identificar a quienes regularmente faltan a la ética y carecen de parámetros morales mínimos. E incluyo, en este grupo, a quienes teniendo las herramientas de poder necesarias, hacen la vista gorda frente a los hechos descritos. Ciertamente no soy filósofa en cuanto a analizar el alcance moral de la mentira; soy solamente una “usuaria” más, persona común y corriente que miente también cuando le preguntan cómo está, respondiendo que bien. Porque es bastante difícil sentirse bien frente a tal ausencia de virtudes humanas y al tenebroso panorama de falsedades e inestabilidad social, política y económica, al que nos han arrastrado quienes incitan y permiten que sigamos cautivos y víctimas de tan deplorable comportamiento.

Santo Tomás de Aquino afirmaba que no hay lugar para la mentira. Otros filósofos, que las hay bien intencionadas. Sin embargo, hoy la única verdad es la aguda crisis valórica que se observa tanto en los ciudadanos comunes como en los políticos. Así están las cosas. Y porque la libertad es el don más preciado, como dijo Don Quijote, me siento obligada a levantar la voz y denunciar, pues Ad Libertatem per Aspera: a la libertad por la vía del esfuerzo.





Comunicado de Prensa / Fuente: Myriam O. https://artistamyriamo.wixsite.com/artista-myriamo