Miente, miente, miente… que algo quedará

Miente, miente, miente… que algo quedará
Por el Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl - Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)


Dejemos establecido desde ya, que la batalla comunicacional es, en realidad, una batalla emocional, donde, de lo que se trata, es de apretar ciertos botones sensibles de las fibras emocionales de las personas con tal de lograr los fines que se desean alcanzar, sin que importe mucho las graves consecuencias y heridas que pueden quedar atrás, una vez alcanzados los objetivos que se buscan. Del tipo que éstos sean: políticos, económicos, sociales, etc.

Estos objetivos, a menudo, arrastran consigo las llamadas “agendas ocultas”, es decir, un fenómeno que es más recurrente de lo que se cree, donde una de las partes tiene una clara hoja de ruta, pero que jamás tiene la intención de comunicar al otro y que, por cierto, sólo implicará la satisfacción y el éxito de una de las partes.

Baste recordar la estrategia comunicacional utilizada por el Dr. Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Adolf Hitler durante la era de la Alemania Nazi, para comprender de manera muy rápida cómo se retuercen los argumentos o cómo se deforman los hechos con la finalidad de que éstos “encajen” con los objetivos que desea alcanzar un determinado sujeto. De ahí la frase más famosa de Goebbels: “Miente, miente, miente que algo quedará. Cuánto más grande la mentira más gente la creerá”. Para qué recordar, que las “fake news” o noticias falsas, están, hoy por hoy, a la orden del día.

Se dice por ahí, que aquél que no es capaz de adaptarse a la realidad, su único destino es la muerte. Por lo tanto, la mejor estrategia que utilizan algunos individuos con tal de ganar la batalla y lograr sus objetivos –casi siempre personales y egoístas–, es ensuciar el discurso, embarrar la cancha, poner trampas, mentir y engañar, si es necesario. Total, el fin justifica los medios.

Las oscuras artes del Dr. Josepf Goebbels eran repulsivas y dan asco, pero los ecos de estas malas prácticas las podemos reconocer en los discursos que salen de la boca de varios de nuestros supuestos “líderes”, quienes, no se detienen ante nada ni ante nadie con tal de lograr lo que buscan con tanta desesperación, y que se basan en otra verdad –o triste realidad, si se quiere– identificada por Goebbels, a saber, que la habilidad receptiva de las masas es limitada y que su capacidad de comprensión es muy escasa, a lo que se suma la gran facilidad que tiene la masa para… olvidar.

Para comprender a cabalidad la temática que se está tratando aquí, es preciso desglosar y analizar otros cuatro principios que dan cuenta de los mecanismos que, demasiado a menudo, están frente a nuestras propias narices y en los cuales nos sumergimos por entero, muchas veces, sin darnos cuenta de ello. Algunos de estos principios fueron identificados y analizados por el sociólogo Gustave Le Bon y por el Dr. Sigmund Freud, padre del Psicoanálisis. Revisemos algunos de estos principios:
  1. Principio de la exageración y desfiguración: consiste en convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en una amenaza grave e inminente que afectará a las personas, aún cuando ello represente una total falsedad. El objetivo es utilizar el miedo, la inseguridad, la incertidumbre y la ignorancia como un arma poderosa.
  2. Principio de la vulgarización: toda propaganda debe ser popular y tiene que estar adaptada –de acuerdo con el Dr. Joseph Goebbels– al “menos inteligente de los individuos a los que va dirigido el discurso o propaganda”, en función de lo cual, “cuanto más grande sea el tamaño de la masa a convencer, más pequeño debe ser el esfuerzo mental” que debe realizar dicha masa.
  3. Principio de la transfusión: en términos generales, la propaganda opera siempre a partir de un “sustrato preexistente”, ya sea que se trate de un mito nacional, o bien, de un conjunto de odios y prejuicios de corte tradicional. De lo que se trata, es de difundir argumentos e ideas que puedan hacer mella en las actitudes de carácter primitivo de las personas. De ahí, que dependiendo del país, de la situación y del contexto, se arremeta en contra de los negros, de los judíos, de los gitanos, de los inmigrantes invasores, de los católicos, de los musulmanes, de los de derecha, de los de izquierda, de los sudacas, etc., a gusto del consumidor.
  4. Principio de unanimidad: se trata de convencer a mucha gente de que ellos piensan “como todo el mundo”, creando de esta manera una falsa impresión de unanimidad y de que todos están de acuerdo.
Otro aspecto a tener en cuenta –y que al oír la frase pareciera que es de actualidad absoluta– es una suerte de letanía que escuchamos muy a menudo: “La culpa de todo es del gobierno anterior”, una frase que tiene –de acuerdo con Goebbels– un solo objetivo: hacer creer al pueblo que la escasez, el hambre, la sed, la enfermedad, las peleas, etc., son culpa exclusiva de los opositores, de los “otros”, buscando, de esta manera, que los simpatizantes comiencen a repetir lo mismo en todo momento y en toda circunstancia, con las negativas consecuencias esperables: divisiones, disputas, polarización de la población e incapacidad para lograr la unión y trabajar por el bien común.

Lamentablemente, tendemos a olvidarnos –de forma, a veces, muy conveniente– que estamos obligados a convivir con el otro, a coexistir con el supuesto “enemigo”, en función de lo cual, el acto de negociar los unos con los otros resulta ser un paso ineludible y el tenor de esa negociación se convierte en un claro mensaje para cada uno de nosotros que no puede ser relegado al baúl de los recuerdos.

La razón para destacar este hecho es muy simple: sin un debate sano y constructivo, lo que sale a la luz es un individualismo a ultranza, donde se pierde el sentido de comunidad y no hay posibilidad alguna de tener una sociedad sana que pueda coexistir de manera pacífica, equilibrada y donde prevalezca el respeto por la opinión del otro y el resguardo por el bien común.

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