La escuela no vende servicios: el grito de dignidad desde el aula herida
Por: Mag. Luis Sánchez Adasme
Director del Liceo Bicentenario de Excelencia Eleuterio Ramírez de Osorno
La educación chilena padece una enfermedad del alma. Hoy, las escuelas y liceos no solo enfrentamos la desprotección del sistema, sino un fenómeno mucho más devastador: la deshumanización del vínculo educativo. Vivimos en una sociedad que ha transformado la vocación en una transacción, y el aula, en un mostrador de reclamos.
Asistimos con dolor a una cultura donde un grupo de estudiantes, padres y apoderados actúan bajo la lógica ciega del consumo. Exigen al liceo como clientes que compran un servicio exclusivo, convencidos de que las instituciones están allí solo para cumplir sus caprichos individuales. Bajo esta mirada fría y utilitaria, el director, los profesores y los asistentes de la educación dejan de ser profesionales de la enseñanza para ser vistos como empleados a los que se les puede exigir mediante el agravio, la prepotencia y la amenaza. Se ha instalado la falsa premisa de que "el cliente siempre tiene la razón", legitimando un maltrato sistemático que desvaloriza y pisotea el esfuerzo diario de quienes sostienen las aulas.
Pero la escuela no vende servicios. La educación no es una mercancía que se transa, sino un acto sagrado de entrega humana. Cuando un apoderado descalifica a un docente en redes sociales, cuando amenaza con acciones legales desde la soberbia o cuando un estudiante insulta a su maestro, se destruye el alma del proceso formativo. Es una contradicción vital exigir hijos respetuosos si como adultos modelamos la tiranía del teclado. Los jóvenes nos observan: si les enseñamos que la frustración se resuelve destruyendo la dignidad del otro, estamos criando una generación éticamente huérfana.
Frente a esta fractura, nuestra comunidad debe asumir tres compromisos urgentes:
- Desarraigar la mentalidad de cliente: Comprender que la escuela es una comunidad de colaboración mutua, no un negocio donde la prepotencia otorga derechos.
- Restaurar el valor del educador: Validar activamente la autoridad pedagógica y moral de docentes y asistentes, devolviéndoles el respeto básico que merece su labor.
- Educar en la coherencia: Recordar en cada hogar que el buen trato y la empatía no son contenidos de un programa de estudios, sino conductas que se aprenden con el ejemplo de los padres.
A pesar de este escenario adverso, mantengo una certeza inquebrantable: la inmensa mayoría de las familias de Osorno transita por la nobleza. Son muchísimos más los estudiantes comprometidos con su futuro y los apoderados que nos apoyan desde los valores compartidos. Por esa gran mayoría silenciosa, nuestra vocación sigue de pie.
Cuidar a quienes educan es un acto de supervivencia social. Hago un llamado reflexivo al corazón de nuestra comunidad: depongamos la hostilidad, abandonemos la indiferencia y recuperemos la escuela como ese espacio sagrado de confianza, dignidad y paz que nunca debimos perder.
Fuente: luis.sanchez@eramirez.cl

