La funesta megalomanía

Por Leonardo Ivan Sandoval Hermosilla 

Bertrand Russell, filósofo y escritor Galés, premio Nobel de Literatura en 1950, define al megalómano en su libro “La conquista de la felicidad” como aquel que desea ser poderoso antes que encantador y prefiere ser temido a ser amado. A este tipo, pertenecen, según Russell muchos lunáticos y la mayoría de los grandes hombres de la historia, como Alejandro Magno, quien por cierto, no pudo hacer realidad su propio sueño, que se iba haciendo más grande a medida que crecían sus logros. Por su parte, nos dice que Napoleón, a quién también ubica en esta categoría lo pasó mal en la escuela porque se sentía inferior a sus compañeros , que eran ricos aristócratas, mientras que él era un chico pobre con beca. Lo cierto si, según concluye Russell es que “dado que ningún hombre puede ser omnipotente, una vida enteramente dominada por el ansia de poder tiene que toparse tarde o temprano con obstáculos imposibles de superar”

Sin embargo, en el actual contexto nacional, este hombre y quienes lo rodean, nos bombardean diariamente con mensajes en los medios de comunicación destinados a convencernos que esos obstáculos serían inexistentes. Ello, por supuesto, no es sino fruto de la concepción humana que ellos fraguan, no vinculada con el desarrollo más integral del hombre, sino sólo de una parte de ella, la económica o de la competitividad. Por ello, también y tal como Russell ubica a la personalidad megalómana como algo negativo, sitúa a la par a la competencia, en términos de competividad, como una vaya insalvable para alcanzar la plenitud de la existencia, en otros términos, el objetivo por el cual el hombre lucha al fin de cuentas: la felicidad. Así pues nos dice el citado autor, cuando la gente, refiriéndose en su caso al prototipo de ciudadano de negocios estadounidense (la lógica trasplantada a nuestra realidad hace cuatro décadas por Friedman), habla de luchar por la vida, en realidad quiere decir luchar por el éxito. Pero a este hombre, megalómano, además, bajo este prisma, se le atribuirá el calificativo de exitoso, pues quien gana mucho dinero es un tipo inteligente, el que no lo gana, no lo es.

Y de paso olvida este hombre otros aspectos como el que, en otro tiempo, la educación estaba concebida en gran parte como una formación de capacidad de disfrute. Russell nos hace otro recordatorio en esta dirección, ya que en el siglo XVIII, una de las características del caballero era entender y disfrutar de la literatura, la pintura y la música.

De ahí claramente que para este hombre exitoso la educación sea una inversión o un bien de consumo por la que se debería pagar, pues de ella necesariamente debemos obtener en un futuro un provecho netamente económico, personal, no necesariamente social, que nos transforme en el espejo del hombre ideal, el hombre exitoso, competitivo y porque no megalómano.

La vida no sólo es una contienda en que sólo el vencedor merece respeto. La vida es mucho más. La competencia, en palabras de Russell, considerada como lo más importante de la vida, es algo demasiado triste.

Por eso me resulta tan triste y decepcionante escuchar a estos mensajeros de los “tiempos mejores”, cuyos seguidores incluyendo a algunos otrora ilustres galardonados, hablar con monosílabos por redes sociales de un futuro de estancamiento económico, de retroceso, en fin de miedo y de fracaso, si es que no “optamos” por la megalomanía.
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