¡No existe nada mejor que una madre cariñosa!

Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl - Académico, Escritor e Investigador (UACh)



“El amor de una madre por un hijo no se puede comparar con ninguna otra cosa en el mundo. No conoce ley ni piedad, se atreve a todo y aplasta todo cuanto se le opone” (Agatha Christie, novelista y escritora inglesa).

“La vida no viene con un manual de instrucciones: viene con una… mamá”.

Primero que todo, digamos que existe un principio en Psicología que señala que los niños bien tratados y que crecen experimentando el afecto de sus madres se desarrollan más sanos física y emocionalmente, y, en promedio, tienden a ser más inteligentes que aquellos infantes que no son tratados con afecto ni cariño materno, condición a la que se suma, por supuesto, la figura paterna, quien cumple un rol fundamental en el desarrollo armónico del niño. En este sentido, se habla del “triángulo familiar”: hijo, madre y padre.

Este es el punto de partida para el experto en resiliencia, Dr. Jorge Barudy, quien destaca en su libro “Los buenos tratos a la infancia: parentalidad, apego y resiliencia”, que la resiliencia es la capacidad que desarrollan aquellos niños que viven en contextos de amor, cariño y afecto, y que, en el largo plazo, es el principal factor que les permite superar circunstancias traumáticas y enfrentar con éxito tiempos adversos en cualquier etapa de sus vidas.

Señalemos también que el concepto “resiliencia” fue desarrollado, inicialmente, por el Dr. Boris Cyrulnik, psiquiatra y etólogo de origen francés, y es un concepto que apunta a la capacidad que desarrollan algunas personas, que les permite enfrentar obstáculos y situaciones negativas con una actitud positiva y optimista, siendo dichos sujetos capaces de caerse y volverse a levantar, una y otra vez, y seguir adelante sin rendirse.

Tal como muy bien lo señalaba el gran jugador de beisbol norteamericano, Babe Ruth, es “muy difícil derrotar a una persona que nunca se rinde”. En este sentido, el Dr. Cyrulnik es muy enfático cuando señala que la resiliencia es “la capacidad del ser humano para reponerse de un trauma y, sin quedar marcado de por vida, ser feliz”. (El Dr. Cyrulnik puede hablar con propiedad acerca de este concepto: a los seis años presenció cómo deportaban y asesinaban a sus padres en un campo de concentración de la Alemania Nazi, siendo capaz, luego de escapar de este campo de la muerte y deambular por varios orfelinatos y centros de acogida, de convertirse en un hombre de bien, y no en un delincuente o en un sujeto maltratador).

Lo anterior lleva implícito otro elemento importante de destacar: la resiliencia no es un fenómeno genético, congénito ni hereditario como creen algunas personas, sino que es una cualidad que puede ser desarrollada a través de experiencias relacionales con los adultos –padres, abuelos, guardadores, etc.– que rodean al infante, en función de lo cual, todos nosotros, podemos ser “tutores” de la resiliencia de nuestros niños, por cuanto, al demostrar afecto, empatía, compasión y cariño hacia una persona que es víctima de malos tratos, se le ayudará a evitar que quede encerrada en el dolor, en la rabia o en los deseos de venganza en contra de aquellos que le hicieron mal, incluyendo a la sociedad en la cual está inserta esta persona. Es más. El Dr. Cyrulnik hace notar, que un niño que ha sido maltratado –ya sea verbal y/o físicamente–, puede sobrevivir sin traumas “si no se lo culpabiliza”, es decir, cuando se hace sentir a las víctimas agredidas de ser ellas mismas las responsables de las agresiones que han sufrido, o bien, cuando se acusa a las víctimas de ser los “causantes” de las desgracias ajenas, como cuando, por ejemplo, un padre (o una madre) le echa en cara a su hijo(a) de ser el “culpable” de haberle echado a perder su vida.

Por otro lado, los niños resilientes que han recibido malos tratos son aquellos que se dan cuenta de la existencia de problemas y obstáculos que los rodean, en función de lo cual, su forma de pensar se aproxima al siguiente tipo de pensamiento: “Cuando sea grande no quiero hacerles a mis hijos lo que me hicieron a mí”, es decir, es la toma de conciencia temprana por parte del niño, y es una conciencia que emerge cuando el menor se siente protegido, querido o rodeado de personas que le demuestran afecto, cariño, compasión y solidaridad. De ahí, entonces, la vital importancia que tiene la presencia de una madre cariñosa y afectuosa en el entorno infantil desde que éste nace. Siempre se ha sabido que el afecto materno es imprescindible en los primeros meses de vida de un infante por la estrecha relación que el afecto materno tiene con el desarrollo del cerebro y de algunas de sus capacidades más relevantes, sean éstas de tipo intelectual y emocional. Es así, por ejemplo, que la Corteza Frontal de un bebé llega a ser muy activa metabólicamente entre los seis y los 24 meses, y puede estar muy involucrada en los primeros desarrollos de carácter emocional y cognoscitivo, por lo tanto, la falta de experiencias y estímulos en esta etapa clave del desarrollo infantil puede influir negativamente en el sistema de los circuitos emocionales. Hoy se habla de la “neuroplasticidad del cerebro”, es decir, la capacidad que tiene nuestro cerebro para inducir cambios en cualquier etapa de nuestras vidas. Sin embargo, hay ciertos períodos en la vida de un bebé, en los que si no se producen ciertos estímulos vinculados, generalmente, al amor, afecto y cariño de una madre –o de un padre– afectuoso, se producen una serie de alteraciones, trastornos y pérdidas que, posteriormente, se dificulta recuperar o revertir.

Es así, por ejemplo, que se produce un fenómeno llamado “poda neuronal”, fenómeno a través del cual, el cerebro destruye axones y dendritas cuando ciertas zonas del cerebro no son estimuladas, una condición que, al final de cuentas, es irreversible e irrecuperable.

Algunas habilidades que se desarrollan en períodos o “ventanas críticas” son, por ejemplo, el lenguaje, la audición y ciertas respuestas emocionales. En el caso específico del lenguaje, luego de pasado un tiempo crítico, al cerebro se le dificulta –o pierde totalmente– la capacidad de hablar y expresarse de manera adecuada. Aquí tenemos el ejemplo de los llamados “niños salvajes”, quienes, al ser criados sin contacto humano, nunca aprenden a hablar con fluidez. Por otra parte, un bebé japonés puede distinguir la “r” de una “l”, pero pierde irremediablemente esta capacidad después de los tres años de edad. En este sentido –y en forma complementaria con lo anterior– después de los diez años de edad, la gran mayoría de las personas no puede hablar un segundo idioma sin que se le note en su pronunciación el acento de su idioma de origen. Por otra parte, en el caso de los niños sordos, si éstos no son expuestos a alguna forma de lenguaje antes de los cinco años, se comportan como si fueran niños retardados.

Por lo tanto, cuando tenemos ante nosotros el cerebro de un bebé que recién se está formando y desarrollando después del nacimiento, hay ciertos aprendizajes que necesariamente deben ocurrir en ciertas etapas específicas del desarrollo y no posteriormente. Esto lo demostró de manera clara e irrebatible el Dr. René Spitz –y muchos otros investigadores que se interesaron por el tema– al observar y estudiar los efectos ambientales desfavorables en los llamados “niños institucionalizados” (denominado también “efecto hospitalismo”), es decir, bebés que yacían en orfanatorios solos y abandonados en sus cunas durante el primer y/o segundo año de vida, bebés que pasaban más de 20 horas al día sin nunca ser acunados en unos brazos afectuosos o de alguien que les ofreciera cariño y amor, tomando mamaderas frías que eran apoyadas, simplemente, sobre sus pequeños cuerpos y luego eran dejados solos nuevamente. La gran mayoría de estos bebés, presentaban daños psicosomáticos irreparables, eran incapaces de sentarse por sí mismos, se mostraban apáticos o se mecían lánguidamente durante muchas horas de un lado a otro, tratando de mitigar el dolor y el tremendo el vacío de una madre afectuosa ausente.

Ahora bien, si algunos de estos niños eran dados en adopción con más de dos o tres años de edad, se presentaban una serie de problemas, tales como rebeldía, incapacidad para seguir instrucciones orales, experimentar numerosas rabietas, mostrar dificultades para compartir y alternar con otros niños, presentar algunos problemas de retraso cognitivo y, en algunos casos, se podían ir tranquilamente con personas extrañas que les dijeran algunas palabras afectuosas. Hoy se sabe, que hay “ventanas de tiempo”, donde, por intermedio de la interacción del sujeto con otras personas, se establecen una serie de estructuras emocionales. Pero lo que no saben los investigadores con certeza, es cuán receptivas son estas estructuras para efectos de poder ser modificadas más tarde en la vida, si las interacciones necesarias no se producen en los momentos apropiados, ya que la madre –literalmente– a través de su arrullo, mientras mece y acuna al bebé, mientras lo sostiene, lo alimenta y lo contempla, ayuda a dar forma al cerebro del menor, por intermedio de lo que se denomina como “moduladores ocultos”, responsables de muchas de nuestras reacciones y conductas.

Si lo vemos desde el punto de vista animal, si a una rata bebé se la priva de la lamedura materna cuando tiene entre siete y 14 días, desarrolla menos receptores hormonales en su cerebro. Al faltarles el estímulo necesario durante el período de esta ventana crítica, la rata bebé no crece normalmente, aún cuando haya cantidades adecuadas de hormona del crecimiento e insulina circulando por su organismo. Asimismo, se detectó que la visión no se desarrolla normalmente en los gatos, si el ojo y el cerebro no hacen conexiones durante una ventana de tiempo crítico a comienzos de la vida de estos felinos: los gatitos que mantenían uno de sus ojos cerrado después del nacimiento no desarrollaban las conexiones entre ese ojo y el área visual primaria del cerebro. Una vez pasado este período –que duraba algunas semanas–, ninguno de los gatitos podía ver por el ojo que había estado cerrado, aún cuando estuviera perfectamente normal desde el punto de vista fisiológico. Por otra parte, también es necesario brindar cierta mucha atención a lo que sucede con los hijos cuando se tiene a padres que son exitosos desde el punto de vista profesional y económico pero que no son capaces –o no están en condiciones– de brindar suficiente afecto a sus hijos, lo cual, puede conducir a una suerte de “atrofia emocional”. En este sentido, el Dr. Jorge Barudy asegura que el “existismo paterno es parte de la antirresiliencia, y eso produce una nueva morbilidad infanto-juvenil”.

Esta morbilidad infanto-juvenil no es sólo aquella que se produce por los malos tratos, sino que también por la presencia de violencia psicológica en el entorno familiar en contra de los niños y adolescentes: gestos y palabras ofensivas, expresiones de reproche y disgusto hacia el niño, insultos y descalificaciones gratuitas, indiferencia y falta de reconocimiento a los logros del menor, negación de afecto y cariño, etc. La violencia psicológica reiterada, es responsable de un altísimo porcentaje de alcoholismo juvenil, anorexia nerviosa, depresión, actos de automutilación, sentimientos de fracaso y vacío existencial, ideaciones suicidas e intentos de suicidio consumados en la adolescencia.

En estricto rigor, cuando los jóvenes se sienten muy frustrados pueden hacerse mucho daño a ellos mismos. Lo anterior, como una forma de descargar su rabia, su ira, su molestia y su frustración con su entorno familiar y con el mundo.

Digamos, finalmente, que el apego seguro entre una madre afectuosa y su hijo, implica los llamados “cuidados maternales”: entrega incondicional de afecto y cariño al recién nacido, protección del bebé ante todo tipo de peligros, estimulación temprana y continua, satisfacción de las necesidades físicas y emocionales del infante, etc., todo lo cual, redundará, en definitiva, en la entrega a la sociedad de un niño sano, inteligente y resiliente, bajo el principio de los antiguos latinos, quienes hablaban de tener una “mens sana in corpore sano”, es decir, “una mente sana en un cuerpo sano” y, para ello: ¡no hay nada mejor que una madre y un padre cariñosos!

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