Demandas y educación ética

Por Glenda Gutiérrez Vásquez y Ricardo Rubén Vega Bois, académicos Universidad de Los Lagos.

Cuando las demandas sociales se orientan a mejorar o sencillamente cambiar los sistemas vigentes por cuanto estos no satisfacen expectativas, incluso no cubren necesidades básicas explícitas como derechos constitucionales, la educación no se esgrime abiertamente como herramienta facilitadora, empero esta se incluye dentro de las demandas exigiendo accesibilidad (gratuidad) y calidad.

En las economías modernas el conocimiento se ha convertido en uno de los factores más importantes de la producción. Las sociedades que más han avanzado en lo económico y en lo social son las que han logrado cimentar su progreso en el conocimiento, tanto el que se transmite con la escolarización, como el que se genera a través de la investigación. De la educación, la ciencia y la innovación tecnológica dependen, cada vez más, la productividad y la competitividad económicas, así como buena parte del desarrollo social y cultural de las naciones. (1)

Los cambios culturales que se requieren para iniciar cambios sistémicos importantes de nuestra sociedad demandan una conciencia ética transversal, no solo los administradores del capital deben asumir la “conciencia social” demandada, sino que todos los actores, en cada una de sus actuaciones y nuevamente, se puede establecer una relación de esta arista del cambio requerido con la educación. Obelar (2004) indica que concebimos las relaciones entre educación y ética como relaciones complejas, históricas e ideológicas, en las que la ética se entreteje con la educación para impregnarla de un sentido de humanidad y condicionalidad social e histórica que le exige la formación de los sujetos como ciudadanos en la lucha por la realización de proyectos sociales emancipatorios de carácter democrático.(2)

Es indiscutible entonces que no se avanzará en transformaciones estructurales de una sociedad sin fortalecimiento de la educación, pasando de ser discurso genérico a actuaciones efectivas en los distintos campos educativos donde se forme en base a equidad, ética y formación de calidad. Es esta trilogía indisoluble la que permitirá cimientos de una transformación social perdurable.

La equidad no se manifiesta sólo en el acceso, sino que en el resultado de su manifestación, entregando igualdad de oportunidades donde cada uno, de acuerdo a sus competencias y capacidades seguirá un camino con derechos mínimos garantizados como punto de partida.

La ética no debe ser una nebulosa de pensamiento sin asidero real, siendo la impronta formativa de personas en quien confiar a todo evento. No debe ser la excepción del comportamiento de algunos, sino la conducta generalizada, contagiante y orgullosa de las personas.

Por último la calidad, concepto esgrimido a veces sin ponderar, requiere en educación de un currículo adecuado, educadores preparados, un sistema funcional orientado para ello y por sobre todo sustentado en una política pública sólida en este ámbito, lo que implica independencia ideológica y robustez formativa.

Es dable en este sentido destacar los esfuerzos de nuestra universidad al respecto, evolucionando en metodologías formativas hacia un modelo basado en competencias para todas las carreras actualizándolas, las cuales ya rediseñadas son monitoreadas en un seguimiento orientado hacia la mejora continua. No es la receta mágica pero sí el inicio de un andar en el camino correcto en educación superior que coadyuva a establecer bases más sólidas para un futuro mejor.

(1) UNAM 2018. “Plan  educativo nacional”, México. 
http://www.planeducativonacional.unam.mx/CAP_00/Text/00_05a.html

(2) Ovelar N., 2004. “Relaciones entre educación y ética. Una aproximación desde la pedagogía crítica”. Educere: Revista Venezolana de Educación, ISSN-e 1316-4910, Nº. 27, 2004, págs. 453-460



Fuente de la información: Doctor Ricardo Vega Bois - ULagos