La resiliencia y el poder de la palabra: las mejores “armas” de la sanación

La resiliencia y el poder de la palabra: las mejores “armas” de la sanación
Dr. Franco Lotito C. Académico, escritor e investigador (PUC-UACh) – www.aurigaservicios.cl -
“La vida no se hace más fácil o más indulgente, somos nosotros quienes nos hacemos más fuertes y resilientes” (Steve Maraboli, escritor y orador motivacional)


En el ámbito de la psicología, la resiliencia –o entereza personal– corresponde a aquella capacidad que tienen algunas personas para superar circunstancias y vivencias traumáticas, tales como por ejemplo, la pérdida de un ser querido y muy cercano, haber sufrido un accidente grave, haber sido objeto de violencia, etc.

Asimismo, se considera a la resiliencia como aquella capacidad para adaptarse y/o recuperarse de situaciones adversas y complicadas con resultados positivos, al punto, que se señala que el desarrollo de la resiliencia está en condiciones de potenciar la felicidad de las personas. En este último caso, las “personas resilientes” aprovechan las dificultades o los severos traumas que les tocó experimentar para desarrollar nuevos recursos, capacidades y habilidades que les serán muy útiles para enfrentar el futuro.

Ahora bien, el horror, el miedo y el temor desconciertan, desgarran el alma y asustan a las personas. Y cuando una víctima de violencia –del tipo que sea– calla su dolor, es como si, en realidad, lo reviviera con cada silencio.

El Dr. Boris Cyrulnik, considerado el padre de la resiliencia, hace notar en cada uno de sus escritos y presentaciones la importancia que tiene el acto de “verbalizar” las heridas sufridas como una fórmula eficaz para ahuyentar los fantasmas de los recuerdos que acosan a las víctimas de violencia, accidentes y episodios traumáticos.

El Dr. Sigmund Freud, por su parte, hablaba acerca de la necesidad de hacer “catarsis” y de la “curación mediante la palabra”, en tanto que el Dr. Cyrulnik habla del “poder de la palabra”.

Este neurólogo, psiquiatra y psicoanalista francés lleva más de 30 años investigando acerca de la teoría de la resiliencia, explicando cómo lograr que eventos y episodios traumáticos que se han vivido en la niñez o en la adolescencia se puedan superar.

Considerado como uno de los fundadores de la “etología humana”, es decir, la ciencia que estudia el comportamiento de las personas, el Dr. Cyrulnik asegura que el hecho de tener la posibilidad de relatar un trauma, es lo que, finalmente, espanta a aquellos fantasmas del pasado que carcomen nuestra alma y enferman nuestra psiquis, hasta hacerlos desaparecer. De ahí la relevancia de desarrollar una “identidad narrativa”, es decir, aquella identidad constituida por la habilidad de narrar nuestra propia historia.

Cuando alguien quiere buscar otro tipo de desarrollo personal después del trauma experimentado, resulta primordial encontrar la seguridad emocional que necesita la persona y darle un contexto y un significado a lo sucedido. Pero para que esto pueda concretarse, es preciso encontrar a una persona experta que quiera escuchar de manera activa aquello que tiene “atragantada” a la víctima, con la finalidad de entender, apoyar y guiar a la persona afectada en su proceso curativo.

¿La razón para destacar lo anterior? De acuerdo con el Dr. Cyrulnik, cuando un individuo sufre un severo trauma, este sujeto se convierte en una suerte de “espantapájaros”, ya que lo que tiene que decir puede asustar a las personas que rodean al sujeto, a raíz de lo cual, los demás sienten miedo, callan, abandonan la mesa y la persona vuelve a quedarse sola y aislada cargando con su trauma.

Si bien no existe una clasificación oficial, se suele distinguir cuatro tipos de resiliencia, a saber, la “resiliencia psicológica”, la “emocional”, la “física” y la “comunitaria”. La resiliencia comunitaria se refiere a la capacidad del sistema social para responder a las adversidades que están afectando al mismo tiempo –y de manera similar– a todo el colectivo.

Asimismo, se habla de: (a) la “resiliencia natural”, es decir, aquella resiliencia que hace referencia a una fuerza vital innata de una determinada persona, (b) “la resiliencia adaptativa”, a saber, aquella que se pone en acción cuando las circunstancias que rodean a un individuo requieren de la capacidad de adaptación o de un cambio interno del sujeto, (c) “la resiliencia aprendida”, es decir, aquella que requiere de un proceso interno de adquisición y desarrollo de ciertas habilidades por intermedio del aprendizaje diario y de la atenta observación de otras personas que han pasado por lo mismo.

De acuerdo con la experta en resiliencia, la psicóloga Virginia González, existen diversas formas y estrategias que permiten desarrollar la resiliencia, algunas de las cuales son las siguientes:
  • Las personas tienen que aprender a evitar ver las crisis y circunstancias negativas como “obstáculos y muros insuperables”, modificando la manera en cómo se interpreta y se reacciona frente a ellos, buscando mirar más allá del presente y pensar en cómo mejorar las cosas en el futuro.
  • El establecimiento de relaciones de apoyo y de acompañamiento tanto dentro como así también fuera de la familia, permite a las personas aprender a aceptar ayuda y apoyo de aquellos individuos que nos quieren y que nos escuchan con atención, ya que ello nos entrega modelos a seguir y nos ofrece una serie de estímulos positivos, así como también un sentimiento de seguridad otorgado por la red de apoyo social.
  • Aprender a aceptar que los cambios constituyen parte integral de la vida de las personas, en función de lo cual, al aceptar que ciertas circunstancias ya pasadas no se pueden cambiar, puede ayudar a la persona a enfocarse en aquellas circunstancias que sí se pueden modificar y mejorar.
  • Las personas aprenden a fijarse ciertas metas y a no cejar hasta alcanzarlas, desarrollando una serie de rasgos personales, tales como: fuerza de voluntad, disciplina, perseverancia, pasión y devoción por aquello que se ha emprendido como desafío.
  • Las personas comienzan a cultivar una visión positiva de sí mismas, al reconocer que tienen ciertas fortalezas y virtudes sobre las cuales construir una nueva identidad. Esto implica aceptarnos y querernos tal como somos, buscando potenciar nuestras capacidades en la medida que se pueda.
  • Hay que aprender a mejorar las destrezas de comunicación y solución de problemas, por cuanto, en la medida que se es capaz de desarrollar estas capacidades, tanto mejor podremos resolver nuestros conflictos interpersonales y menos peso y carga estresante recaerá sobre nuestros hombros.
  • En situaciones adversas, el sujeto debe aprender a llevar a cabo acciones decisivas, antes que ignorar o hacerse el desentendido acerca de los problemas y tensiones que lo aquejan, “deseando que desaparezcan”, ya que eso no ayudará.
En definitiva, no hay que tenerle temor alguno al acto de reflexionar sobre las dificultades que se enfrentan y esperar el momento preciso para tomar las riendas del asunto en las propias manos y salir adelante.

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