Depresión y trastornos ansiosos: los peores enemigos de la salud mental

Depresión y trastornos ansiosos
Por Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl - Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)


“Las heridas más profundas y desgarradoras no están a la vista, sino que están en el corazón de las personas”.

Una encuesta realizada por la consultora Cadem –“El Chile que Viene Salud 2019”–, arrojó que ya en julio de 2019, nada menos que 7 de cada 10 chilenos reconocía tener –o haber sufrido– alguna enfermedad o problemas de salud mental.

No cabe duda alguna, que de esa fecha al día de hoy –luego del estallido social en octubre de 2019, al que se sumó la pandemia por coronavirus a partir de marzo de 2020–, se ha producido un incremento constante de los trastornos en salud mental, tales como: depresión, cuadros ansiosos, distimias (o trastornos del ánimo), ataques de pánico, manifestaciones de estrés postraumático, abuso de alcohol y drogas, así como también trastornos de adaptación asociados a los altos niveles de estrés que se vive hoy en nuestro país y, por extensión, en el resto de las naciones del mundo, donde, quienes más mal lo están pasando, son, mayoritariamente, las mujeres.

El incremento de estos trastornos en salud mental se relaciona directamente con: (a) la presencia del coronavirus, los estragos y las muertes que está causando en todo el mundo, (b) el gran temor de la gente a contagiarse el virus, o bien, que un integrante de la familia se contagie y termine en clínicas y hospitales sobre saturados de pacientes en estado crítico. Según diversas encuestas, entre el 70 y el 80% de la población teme contagiarse, (c) el alto nivel de cesantía e inestabilidad laboral que existe, (d) la instauración de diversas restricciones, con encierros y cuarentenas obligatorias, que impiden salir a trabajar normalmente, (e) la pérdida –o el sentimiento asociado al peligro de perder– la fuente laboral que permite el sustento de la familia, (f) la acumulación de deudas y la imposibilidad de pagar arriendo, cuentas de agua, luz, gas, etc., donde el 75% de los chilenos declara estar endeudado actualmente, (g) dificultad para millones de personas de conseguir la comida del día, ya sea, para uno mismo y/o para los hijos, etc. Estas son variables que hoy se han vuelto muy comunes y que generan un alto nivel de inseguridad, ansiedad, temor e incertidumbre en las personas.

En rigor, además de la pandemia por coronavirus, hoy tenemos una pandemia social, laboral y de salud mental, es decir, ingredientes más que suficientes para producir una tormenta perfecta.

Cuando se analizan los datos –anteriores, incluso, al inicio de la pandemia– relacionados con algunos de los trastornos en salud mental más complicados –tal como es el caso de la depresión y los cuadros ansiosos– rápidamente se advierte que las personas más afectadas son las mujeres, quintuplicando, prácticamente, la cifra de los varones: en promedio, 10,1% versus 2,1%. Lo anterior, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud que fuera encargada por el Ministerio de Salud en el año 2017, y cuyo organismo ejecutor, fue la Pontifica Universidad Católica de Chile.

Hoy, tenemos a una pandemia que continúa expandiéndose en forma imparable y que afecta a todo el mundo, ya que, de acuerdo con la OMS, hay más de seis millones de personas infectadas y casi 400.000 fallecidos a la fecha a nivel mundial, así como un sistema de salud muy estresado y al borde del colapso en muchos países, una realidad que se vuelve cada vez más sombría e incierta.

Ahora bien, el hecho que las mujeres se vean más afectadas que los varones por una depresión, distimias y cuadros ansiosos, podría explicarse –en parte, por lo menos–, por varios factores, tales como: (a) que las mujeres sean –más a menudo de lo que uno quisiera– víctimas de violencia intrafamiliar, (b) la doble carga que pesa sobre sus hombros –en su rol de jefas de hogar y madres–, (c) condiciones de trabajo menos favorables y con sueldos menores que los varones por la realización de un mismo tipo trabajo, etc., factores que tienen un peso enorme sobre las mujeres y que pueden derivar en vivencias de estrés, trastornos emocionales y depresión.



Ahora bien, las causas de una depresión pueden ser de diverso tipo:

  1. De tipo genético: donde el historial clínico y los antecedentes familiares juegan un rol preponderante en la génesis del trastorno. 
  2. De tipo endocrinológico: enfermedades asociadas a la diabetes, el sufrir de hipo o hipertiroidismo, etc., son afecciones que aumentan el nivel de riesgo de caer en una depresión.
  3. De tipo psicológico: algunos rasgos de personalidad influyen en el desarrollo de la depresión, tales como la incapacidad y/o dificultad para controlar los impulsos, o bien, el grado de estabilidad-inestabilidad emocional que muestra el sujeto frente a sucesos y vivencias negativas. A lo anterior se suma la actitud optimista o pesimista que adopte la persona frente a estos hechos o sucesos. 
  4. De tipo socio-familiar: experiencias tempranas negativas o de abandono, separación de los padres, vivencias de maltrato y abusos, desempleo, baja escolaridad, etc.


Por otra parte, con el ingreso masivo del sexo femenino al mundo del trabajo, ello le ha significado a las mujeres dejar de lado roles asociados a una condición de género, como es el caso de la crianza de los hijos y las labores como dueña de casa, variables que inciden en: (a) la generación de conflictos internos, especialmente, cuando hay un marido, una pareja e hijos de por medio, (b) cuestionamientos a su desempeño, ya sea, por enfermedad de los hijos, nuevo embarazo, etc., (c) sentimientos de culpabilidad en relación con el cuidado y crianza de los hijos y (d) una sobrecarga de estrés reflejado en lo que se ha dado en llamar el efecto “doble presencia”, un concepto que surge de un fenómeno observable en las economías desarrolladas, a saber: una presencia de las mujeres en el trabajo, pero que viene acompañada, asimismo, de una presencia en el ámbito doméstico-familiar, es decir, que mientras la mujer está trabajando, está, al mismo tiempo, pensando en los hijos y en todas las tareas que hay que hacer en el hogar: cocinar, lavar, limpiar, hacer el aseo, lo que puede derivar en vivencias de ansiedad, estrés, angustia y la aparición de cuadros depresivos, etc. Estos son trastornos, que si no se tratan a tiempo, se hacen recurrentes, producen gran sufrimiento emocional y una marcada condición de discapacidad funcional en todos los ámbitos de la vida, sea que se trate del ámbito familiar, social o laboral.

Esta es una dura realidad, ante la cual, la sociedad, en general, y el Estado, en particular, no pueden permanecer ajenos, indiferentes y pasivos, requiriéndose de su pronta intervención.

Es el gran desafío que se hará presente durante todo este año 2020 y, probablemente, también durante el próximo año. Es un desafío gigante que, por decencia, el Estado y los Gobiernos de turno no pueden –ni deben– esquivar.

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