El gran pecado de la ingratitud o el veneno del desagradecimiento

El veneno del desagradecimiento
Dr. Franco Lotito C. - Académico, escritor e investigador (PUC-UACh) – www.aurigaservicios.cl



“La gente ingrata que muerde la mano que los alimenta, normalmente lame las botas de quien los patea” (Eric Hoffer, escritor y filósofo estadounidense).

No cabe duda alguna, que la ingratitud representa uno de los peores defectos del ser humano, al punto que Martín Lutero, teólogo, filósofo y fraile agustino, quien fuera el impulsor de la Reforma Protestante en Alemania, aseguraba que “había tres perros peligrosos: la ingratitud, la soberbia y la envidia”, ya que cuando estos perros mordían, dejaban una herida muy profunda y dolorosa.

Los investigadores Reynaldo Alarcón y Carmen Morales de la Universidad Autónoma de México escribieron un artículo, donde ellos buscaron establecer una relación entre la gratitud y ciertas variables de personalidad, por cuanto, aquellas personas que son capaces de agradecer el favor, la ayuda o el beneficio que han recibido, se diferencian radicalmente de los sujetos que se comportan de manera ingrata y desagradecida, ya que estos últimos “no reconocen ni valoran lo que los demás hacen por ellos”. En este caso, hablamos entonces del “veneno del desagradecimiento” que supura y brota de estos sujetos, tal como se señala en una publicación del “Rincón de la Psicología”.

Y lo que es peor: estos individuos –hombres y mujeres– no sólo no son capaces de agradecer la ayuda o el beneficio recibido, sino que además tienen la desfachatez de volver a pedir, una y otra vez, más favores, hasta convertirlo en una suerte de norma u obligación. Y el día en que la persona que concede la ayuda decide ponerle al sujeto ingrato un freno y un “parelé”, éste no encuentra nada mejor que echarle en cara la “falta de empatía”, buscando hacer sentir culpable a quien tantas veces le prestó su ayuda.

Investigadores del Hope College de Michigan estiman que los individuos ingratos carecen, simplemente, de la habilidad de sentirse agradecidos, en tanto que la “gratitud corresponde a una experiencia de abundancia, donde existe conciencia de que uno se ha convertido en el receptor de un buen regalo por parte del donante”. Desde un punto de vista psicológico, la gratitud es una respuesta emocional positiva por parte de una persona, generada por el beneficio recibido por un benefactor y que se expresa mediante el agradecimiento.

En un estudio realizado en el año 2019 por la Dra. Charlotte van Oyen, Fallon Richie y Lindsey Root publicado en The Journal of Positive Psychology se investigó a “la gratitud como un predictor de esperanza y felicidad”, en tanto que psicólogos de la Universidad de Manchester sugieren que la gratitud no sólo es una “habilidad personal, sino que se experimenta a nivel disposicional”, es decir, que se trata de una actitud ante la vida que implicaría ser capaces de advertir y valorar lo positivo que existe en el mundo, a diferencia de los sujetos ingratos, quienes estarían programados para ver los favores, la ayuda, beneficios o regalos recibidos como “si no fueran lo suficientemente buenos o no estuvieran a su altura, de manera tal, que son incapaces de experimentar gratitud”. Es más. Cuando se les hace ver cuán ingratos se han comportado, su respuesta habitual es: “¡Nadie te obligó a darme ese regalo o esa ayuda!”, es decir, estos individuos adoptan una actitud de total desprecio y desagradecimiento.

Se dice por ahí, que quien ayuda debe tener la memoria corta, pero que quien recibe la ayuda debe asegurarse de tener una memoria que sea larga, cosa que en el caso de los sujetos ingratos, lamentablemente, es como chocar contra un muro infranqueable. De ahí que Séneca, filósofo, político y orador de la antigua Roma asegurara que “Ingrato es quien niega el beneficio recibido; ingrato es quien lo disimula; más ingrato es quien no lo devuelve y, mucho más ingrato, es quien se olvida de él”.

Los sujetos ingratos deben aprender que la ingratitud no es una buena compañera de viaje. Es verdad que quien ayuda puede llegar a sentirse desilusionado cuando no percibe en el otro ningún atisbo de agradecimiento por los beneficios o regalos recibidos, sin embargo, aquél que no siente –ni expresa gratitud– se lleva la peor parte. Revisemos lo que se señala en una publicación del Rincón de la Psicología:
  1. Los sujetos ingratos corren el peligro de caer en la “infelicidad crónica”: la infelicidad representa una enfermedad contagiosa que está causada por una deficiencia crónica de gratitud. Al revés, la capacidad para experimentar gratitud ha sido vinculada por diversos estudios con elevados niveles de felicidad, tal como lo demostraron la Dra. Charlotte Van Oyen y sus colegas al comprobar que la gratitud sería un excelente predictor de felicidad, bienestar y satisfacción en la vida, en tanto que las personas ingratas estarían condenadas a un círculo vicioso de insatisfacción y descontento permanente.
  2. Tendencia a presentar “más problemas psicológicos”: la ingratitud conduce a un estado psicológico malsano que se caracteriza por ciclos que se repiten, donde las expectativas del sujeto son irreales, con vivencias de frustración, siendo el sujeto incapaz de valorar –en su justa medida– lo bueno que le ha ocurrido. De acuerdo con un estudio de la Universidad de Virginia, los sujetos ingratos presentan un elevado riesgo de sufrir trastornos psicológicos, tales como: depresión mayor, trastornos de ansiedad generalizada, bulimia nerviosa, distintos tipos de fobias y caer en conductas adictivas como consumo de tabaco, alcohol y drogas.
  3. Viven una larga “condena a la desesperanza”: uno de los grandes peligros a los que se enfrentan los sujetos ingratos, es que su vida se convierta en una suerte de “profecía auto-cumplida”, ya que su ingratitud determina que los demás renuncien a continuar siendo amables y generosos con ellos, en función de lo cual, el ingrato termina atrapado en la trampa que ellos mismos han tendido, ya que al dejar de recibir ayuda piensan que el mundo es un sitio hostil donde no hay espacio para la bondad, sin aceptar ni darse cuenta de que han sido ellos mismos, quienes, con sus actitudes de “morder la mano que los alimenta”, han alejado a las personas que fueron generosas con ellos.
  4. Tienden a tener una “peor salud”: esto se explica por sí solo, ya que la ingratitud no solo condena al sujeto ingrato a la amargura, insatisfacción y frustración, sino que también ésta le pasa la factura a su salud física. La razón es muy fácil de comprender: los estudios han comprobado que cuando se es capaz de expresar gratitud, ese sentimiento disminuye los niveles de estrés, ansiedad y las preocupaciones, en tanto que los individuos ingratos, por el contrario, tienden a reportar niveles más elevados de estrés y una serie de síntomas físicos y psicológicos que les reducen su calidad de vida, tales como insomnio, ansiedad, trastornos alimenticios, insatisfacción, etc.
Destaquemos, finalmente, lo que la Dra. Sonja Lyubomirsky, una psicóloga experta en felicidad, nos señala, cuando asegura que la “gratitud es un antídoto para las emociones negativas, un neutralizador de la envidia, la hostilidad, la preocupación y la irritación”. Aprendamos entonces, a desarrollar el hábito de agradecer, por cuanto, además, libera el flujo del recibir.

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